Sarah
Me divertía.
Ver la cara de Grace mientras le revelaba todo era mucho más entretenido de lo que había imaginado. La observaba con atención, memorizando cada cambio fugaz en su expresión mientras Grace intentaba desesperadamente reconstruir la verdad, como si comprenderla pudiera hacerla menos espantosa. Me miraba como si yo fuera un monstruo, como si tuviera delante algo inhumano.
Esa mirada me fascinaba.
Siempre me ha parecido interesante cómo las personas que jamás podrán comprender a alguien como yo se esfuerzan tanto por encontrarles sentido a acciones que nunca pretendieron ajustarse a sus estrechos límites morales. Te miran como si algo estuviera mal contigo, cuando en realidad solo ves el mundo con una claridad que ellos jamás podrían percibir.
Sonreí mientras los observaba a ambos.
River parecía furioso. Estaba tenso y apretaba tanto los puños que casi podía escuchar cómo le crujían los huesos. Parecía que lo único que deseaba era acercarse y estrangularme con sus manos por lo que había hecho. Solo se mantenía inmóvil porque Grace estaba detrás de él. La estaba protegiendo.
Qué conmovedor.
Mi tío y River debían de haberse vuelto muy cercanos durante los meses que trabajaron juntos en secreto. La noticia de la inevitable muerte de mi tío lo había afectado más de lo que esperaba. Se le notaba en los ojos.
Mi sonrisa se ensanchó. Por culpa de esos dos, mi tío ingenuo y ese hombre demasiado seguro de sí mismo, mi plan, tan cuidadosamente elaborado, tenía grietas. Se habían entrometido y habían arruinado lo que habría sido perfecto.
Tenía muchísimas ganas de matarlo a él también, disfrutaba de la tormenta de emociones que revelaba su expresión cuando una voz rompió la tensión.
—¿Por qué?
Parpadeé y giré la cabeza hacia Grace.
Ya no parecía la pasante tímida y nerviosa que se había esforzado tanto por sobrevivir en un mundo que la superaba. La mujer que tenía delante ahora parecía furiosa; no, no solo furiosa. Parecía estar a punto de perder el control.
Tenía los puños cerrados, la mandíbula tensa y los ojos clavados en los míos con una intensidad peligrosa.
—¿Por qué hiciste esto? —exigió saber en voz baja, aunque temblorosa de furia—. ¿Por qué mataste a mi padre? ¿Por qué mataste a la madre de Apollo? ¿Por qué mataste a Austin?
Dio un paso al frente, como si de verdad pretendiera llegar hasta mí y borrarme la sonrisa ella misma.
—¡¿Por qué mataste a Hannah?! —gritó con la voz quebrada por la emoción—. ¿Por qué hiciste eso?
Empezó a respirar de forma irregular, furiosa. Sabía que, si River no la estuviera sujetando, se habría abalanzado sobre mí sin importarle la pistola que descansaba en mi regazo ni los hombres que estaban detrás de mí.
De verdad quería matarme.
—Puede que tuvieras tus razones para matar a los demás —continuó—, pero ¿por qué le hiciste daño a una niña inocente? ¡Ella nunca te hizo nada! ¡Ya era huérfana porque mataste a sus padres! ¡Podría haber superado eso, pero la mataste! ¿Por qué le quitaste la vida? ¡¿Por qué?!
Sus palabras resonaron en el espacio que nos separaba. En lugar de enfurecerme o sentirme amenazada, sentí algo distinto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi