Grace
Ya había visto esa mirada.
La primera vez fue durante una de las reuniones de los altos mandos de los departamentos, cuando todavía trabajaba en el caso del escándalo del famoso y Apollo me había permitido asistir porque parte de la estrategia de relaciones públicas dependía de decisiones ejecutivas.
Uno a uno, los gerentes de departamento se levantaron para presentar sus informes y hablaron con seguridad sobre el crecimiento de las ventas y las gráficas de rendimiento.
Algunos exageraban sus logros de forma sutil, inflando los porcentajes y maquillando los fracasos hasta hacerlos brillar como éxitos. Otros estaban tan desesperados por conseguir el reconocimiento de Apollo que les temblaba la voz de tanto esforzarse y, por el afán de impresionarlo, terminaban cometiendo errores. Unos cuantos elegían sus palabras con cuidado y estaban más pendientes de la expresión de Apollo que de sus propias diapositivas; ajustaban el tono cada vez que él los miraba con mayor o menor interés.
Ese día no solo escuché cifras. Estudié a las personas. Observé su lenguaje corporal, cómo movían las manos y cómo miraban fugazmente a Apollo cada pocos segundos, como si su atención fuera la única aprobación que importaba.
Entre todos ellos, me llamaron la atención Aiden, el jefe del departamento de relaciones públicas, y Sarah, la jefa de ventas.
Eran diferentes.
Aiden parecía ajeno a la competencia por llamar la atención. No exageraba, no intentaba destacar y ni siquiera parecía tener ganas de hablar. Más bien daba la impresión de querer que la reunión terminara cuanto antes para poder volver a dormir.
Sarah, por su parte, tampoco intentaba impresionar a Apollo. No lo necesitaba. Era brillante. Las cifras de su departamento hablaban por sí solas y todos los presentes en aquella sala sabían que era una de las directivas más capaces de la empresa. Apollo ya se fijaba en ella; eso era obvio. No necesitaba exagerar ni desvivirse por llamar su atención.
Era casi como si supiera que ya la tenía.
En aquel momento, cuando noté por primera vez el sutil intercambio de miradas entre ellos, me dije que lo estaba sobre analizando. Siempre había tenido la tendencia a analizarlo todo y armar historias innecesarias a partir de ello. Y, aunque no estuviera exagerando, era normal que las mujeres quisieran llamar la atención de Apollo. En ese entonces, antes siquiera de entender lo que yo sentía por él, incluso había pensado que harían una buena pareja. Ella era inteligente, capaz y serena. Habría tenido sentido.
Pero ahora, al recordarlo, me di cuenta de que interpreté mal lo que vi.
Su mirada nunca fue la de una mujer enamorada. No era dulce ni esperanzada. No era la mirada de alguien que buscaba cariño o anhelaba que la eligieran.
Era la mirada de alguien que creía merecer ser el centro del mundo de Apollo, una mirada llena de orgullo y de la convicción de que ese lugar le correspondía por derecho.
Era la emoción de saber que un hombre poderoso como Apollo le prestaba atención. No quería su corazón. Quería sentirse importante al saber que él la recordaba.
Cuando fingió su muerte y lo organizó todo a la perfección, debió imaginar que él se ahogaría en la culpa y el dolor para siempre. Debió imaginar que, incluso en su ausencia, seguiría siendo irremplazable en su mente. Debió disfrutar la idea de que sufriera por ella. Pero entonces llegué yo y Apollo empezó a cambiar.
Al pensar que Apollo había dejado de sufrir por ella y de recordarla como seguramente esperaba, algo que debió ser insoportable para alguien como Sarah, sonreí despacio, pero sin diversión.
—Qué triste —murmuré para mí.
A esas alturas, ni siquiera sentía ira por lo que había hecho.
—La verdad, ya ni siquiera siento lástima por los demás. La única que me da pena eres tú.
—¿Qué?
—Querías que Apollo y todos los demás te recordaran para siempre. Querías ser inolvidable, pero te quité eso. Acaparé tanto su atención que ahora apenas se acuerda de ti. Das pena —dije.
Por primera vez desde que comenzó toda esa pesadilla, la expresión de Sarah cambió.
Dejó de sonreír. La seguridad que había llevado como una corona desapareció apenas un segundo, y en ese segundo vi ira.
—¿Cómo te atreves? —preguntó, ya sin aquel tono juguetón—. Debes querer morirte —dijo tras levantar lentamente la pistola que tenía sobre el regazo y apuntarme. El metal negro relucía bajo la tenue luz.
La miré, pero no me inmuté.
Antes de que pudiera siquiera reaccionar, River volvió a ponerse delante de mí. Su alta figura se interponía en la línea de fuego, como si eso bastara para protegerme de una bala.
—Mírate nada más —se burló Sarah con un resoplido al verlo moverse e inclinó un poco la cabeza—. Otra vez haciéndote el héroe. Sabes que puedo matarte primero a ti y luego a ella, ¿verdad?
—No me importa mi vida —dijo River sin abandonar su postura relajada, como si ella no tuviera más que un juguete en la mano. Su voz era firme y no reflejaba miedo—. Ya debería haber terminado hace mucho. Antes de que siquiera pienses en tocarla, te mataré.
Al escucharlo, apreté los puños. Me obligué a permanecer inmóvil, porque, si actuaba de forma imprudente, River sería el primero en sufrir las consecuencias y Sarah cerraría la boca para siempre, pero yo necesitaba respuestas.
Respiré hondo y despacio, conteniendo la ira.
—Está bien, River —dije con firmeza—. Puedo encargarme. Hazte a un lado.
No se movió de inmediato. Notaba sus dudas, pero, cuando volteó a verme y vio la determinación en mis ojos, exhaló y se apartó, aunque se quedó lo bastante cerca para reaccionar en un instante.

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