Grace
Los viejos informes la describían con un lenguaje clínico y distante, pero los detalles eran aterradores. Según decían, antes de matar a sus compañeros de clase, los veía suplicar por sus vidas y observaba su miedo con curiosidad, sin emoción ni remordimiento.
Su obsesión con Apollo nunca había sido normal. Al comprender que nunca había sido amor, sino posesión, quise decir algo, pero por un instante no me salieron las palabras.
Sarah lo notó.
Su sonrisa se ensanchó un poco, con satisfacción, como si hubiera recuperado el control de la situación.
—¿Y ahora qué? —preguntó con sarcasmo—. ¿Sorprendida?
—¿Esperabas una historia trágica? —preguntó inclinando la cabeza, con un tono casi juguetón—. ¿Quizá que te contara que Apollo me maltrataba? ¿Tal vez querías creer que él me había empujado a hacer esto?
Se rio.
—Si eso esperabas, olvídalo. Apollo me trataba muy bien. Tan bien que, en algún momento, casi olvidé quién era y lo que había hecho en el pasado.
Nunca había pensado que Apollo la tratara mal. Esa idea jamás se me había pasado por la cabeza. Apollo no era esa clase de hombre. Cuando amaba a alguien, le daba toda su lealtad, su protección y su devoción.
Debió de haberla tratado como si fuera su mundo entero.
Entonces, ¿por qué?
¿Por qué traicionaría al único hombre que la amaba con todo su corazón?
Como si pudiera escuchar la pregunta que resonaba en mi cabeza, Sarah se acercó hasta quedar frente a mí. Se inclinó un poco, invadió mi espacio y me apartó un mechón de la cara.
Su contacto me produjo escalofríos.
—Puedes darle a una persona todo el amor y la atención del mundo —dijo—, pero no puedes cambiar quién es. Eso fue lo que pasó. Apollo no pudo cambiarme. Yo seguía siendo la niña que mataba animales porque sentía curiosidad por cómo morirían. —Su tono pasó de suave a inexpresivo—. Seguía siendo la niña que asesinó a sus compañeros de clase solo para ver el miedo en sus ojos.
Se enderezó un poco y volvió a sonreír, con más frialdad que antes.
—Soy alguien que no puede cambiar.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Tengo que ver sufrir a Apollo. Tengo que ver sufrir a la familia Reed y a la familia Jones —continuó—. Acabaron con la vida cómoda que llevaba. Le quitaron todo a mi familia. Y, antes de que mis padres murieran, les prometí que, si alguna vez caían, me aseguraría de que los responsables lo pagaran.
Clavó su mirada en la mía.


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