Grace
—¿Para qué necesita gas pimienta, señorita Grace?
Linda habló con cautela aquel día, de pie al otro lado de mi escritorio, mientras me observaba examinar la pequeña colección de artículos de defensa personal ordenados frente a mí como si fueran inofensivos útiles de oficina.
Recuerdo que tomé uno, leí la etiqueta y lo dejé antes de elegir otro, calculando su peso en la mano como si estuviera escogiendo algo mucho más serio de lo que parecía.
Había distintas marcas, tamaños y potencias, pero mi mirada se detuvo en un producto en particular, el gas pimienta Red Hot Chilli.
El empaque era llamativo, rojo, con letras que casi parecían agresivas, y algo en él me llamó la atención. Era ridículo y exagerado, pero el diseño lo hacía parecer peligroso, como si de verdad cumpliera lo que prometía.
Parecía que haría daño.
Lo giré despacio en la mano para examinarlo.
—Me quedo con este —dije.
Linda no me devolvió la sonrisa.
—Señorita... por favor, dígame qué está pasando —dijo en voz baja, mirándome con preocupación—. Últimamente se comporta de manera extraña. ¿Por qué está comprando gas pimienta? ¿Hay algo que le preocupe?
Entonces le sostuve la mirada con firmeza.
—Lo compro para el futuro —respondí.
—¿Para el futuro? —repitió.
—Para defenderme. —Asentí con calma—. Puede pasar cualquier cosa y tengo que estar preparada. No puedo dejar que un enemigo me tome por sorpresa y, si quiero sobrevivir, tengo que ser más rápida que él. Tengo que hacer algo que no se espere.
Ahí terminó la conversación sin que ella, pese a no parecer convencida, insistiera.
***
Fin del recuerdo.
—¡Ahora, River! —grité.
Con un movimiento rápido, saqué el gas pimienta rojo del bolsillo de mi abrigo y lo accioné, apuntando a la cara de Sarah.
Un siseo agudo llenó el aire cuando la nube roja salió disparada hacia delante.
—¡Ahhh! ¡Mis ojos! ¡Mis putos ojos! —Sarah lanzó un grito escalofriante cuando el gas le alcanzó los ojos. Retrocedió y aflojó el agarre de la pistola mientras se retorcía de dolor sin control.
La pistola se disparó.
En medio del estruendo del disparo, sentí durante una fracción de segundo que algo caliente me desgarraba el hombro. Cuando la fuerza del impacto me hizo perder un poco el equilibrio, River me empujó a un lado mientras la bala me atravesaba en lugar de darme en el pecho.
—¡Grace! —exclamó con brusquedad y urgencia—. ¿Estás bien?
Un dolor punzante me recorrió el brazo, pero apreté los dientes y lo ignoré mientras lo miraba fijamente a los ojos.
Entendió de inmediato.
Se giró hacia los hombres que estaban detrás de Sarah, paralizados por el repentino giro de los acontecimientos.
—¡Atrápenla! ¿Qué carajo hacen ahí parados? ¡Atrápenla! —Sarah seguía chillando sin poder ver, con las manos en la cara.
Cuando los hombres se abalanzaron hacia nosotros, River inclinó un poco la cabeza, y su habitual expresión seria dio paso a una actitud siniestra y aterradora.
—Qué descaro el de pensar siquiera en tocarla —murmuró—. No recuerdo cuándo fue la última vez que me enfurecí tanto. Que comience la diversión.

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