Grace
Nunca había visto a Apollo tan enojado en los meses transcurridos desde que lo conocí, porque casi siempre se mostraba tan tranquilo que era imposible saber lo que sentía en realidad, pero en ese momento no había duda de la emoción que ardía en sus ojos.
Estaba enojado.
No, estaba furioso. Con esa furia que destruía todo a su paso.
Era comprensible. Cualquiera perdería el control en su lugar. Me habían secuestrado, me habían llevado a rastras, casi me habían matado, y la responsable era su exesposa, la mujer que alguna vez había estado a su lado. Un momento... Ni siquiera era su exesposa. Legalmente, seguía siendo su esposa, porque nunca se había confirmado su muerte. La mujer que lo había destrozado en el pasado, cuyo recuerdo lo había atormentado durante años, ahora estaba frente a él con una pistola en la mano y había sangre en el suelo por mí.
Miré a Apollo, que estaba a unos pasos, con el brazo extendido y firme, apuntándole con la pistola. Su expresión era tan amenazante que casi me asustaba, pero lo que más me sorprendió fue que ni siquiera la estaba mirando.
Tenía la mirada clavada en mí. Como si yo fuera lo único que importaba en aquel lugar y no pudiera permitirse parpadear por temor a que volviera a desaparecer.
Hasta que él llegó, yo había estado ganando tiempo, obligándola a seguir hablando, provocándola lo justo para que se concentrara en mí en lugar de cometer una locura, porque sabía que Apollo me encontraría. Lo conocía lo suficiente para saber que, en cuanto se diera cuenta de mi desaparición, nada en el mundo le impediría desmantelarlo pieza por pieza hasta encontrarme. Tenía que sobrevivir hasta que llegara.
Ahora estaba allí. Y parecía dispuesto a reducir el mundo a cenizas.
Lo único que quería era correr a sus brazos y decirle que estaba bien, que seguía viva, que nuestro bebé estaba a salvo dentro de mí, pero no había tiempo para eso. En lugar de hacerlo, le dediqué una sonrisa para asegurarle, sin palabras, que estaba bien, aunque me temblaban las manos. Luego me obligué a apartar la mirada de él y corrí hacia River.
River estaba tirado en el suelo, en un charco de su sangre que se extendía demasiado rápido debajo de él, y al verlo sentí una punzada de angustia.
Me arrodillé a su lado y enseguida presioné con las manos la herida de bala, con toda la fuerza que pude para frenar la hemorragia.
—River, quédate conmigo —susurré con urgencia; me temblaba la voz a pesar de mis intentos por mantener la calma.
Sentía la sangre tibia en las manos, escurriéndose entre mis dedos, y cuando vi que presionar más fuerte no parecía ayudar, empecé a tirar de mi camisa, dispuesta a arrancármela para improvisar una venda.
Antes de que pudiera hacerlo, una mano me sujetó débilmente la muñeca.
—¿Estás tratando de seducirme mientras me desangro? —preguntó en tono juguetón, aunque forzado.

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