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Compláceme, Papi romance Capítulo 37

Apollo

Miré los documentos sobre mi escritorio y, poco a poco, las palabras empezaron a confundirse mientras entrecerraba los ojos. Un dolor intenso y familiar comenzó a palpitarme en las sienes.

Otro dolor de cabeza. Suspiré con fastidio, me quité los lentes y los dejé sobre el escritorio. Me recliné en la silla y me presioné las sienes con los dedos. La oficina estaba oscura y vacía. No pude evitar sonreír con ironía.

Igual que yo. Miré el reloj de pared. Eran las 10:03 p. m. Claro. Había vuelto a perder la noción del tiempo.

Austin aún se recuperaba en el hospital, así que no había nadie que me llevara a casa esa noche, aunque no importaba. Me quedaría en la oficina, como el día anterior.

Reacomodé la pila de documentos. Solo necesitaba un archivo más para terminar la propuesta, el que Chase dijo que había dejado en la recepción del sexto piso.

Me levanté de la silla y salí de la oficina con una mano en el bolsillo. Los pasillos apenas estaban iluminados; todos se habían ido a casa. El ascensor se abrió con un tintineo. Entré y presioné el botón del sexto piso.

Apoyé un hombro contra la pared y cerré los ojos un instante. En cuanto las puertas volvieron a abrirse, salí al sexto piso y me dirigí a la recepción. Entonces escuché una voz.

—¡Suélteme! ¡Le estoy diciendo la verdad!

Me detuve. Seguí el sonido y doblé la esquina despacio. Efectivamente, había un pequeño alboroto junto al puesto de seguridad. Grace.

Estaba descalza y sostenía los tacones en una mano, mientras gesticulaba sin parar con la otra y discutía con el guardia de seguridad nocturno. El vestido negro se ceñía demasiado bien a su figura y el cabello rizado le caía sobre los hombros. Tenía la cara ruborizada. No se parecía en nada a la mujer que todas las mañanas entraba arrastrando los pies a mi oficina, tensa, incómoda y siempre mordiéndose la lengua.

—Tiene que mostrarme una identificación válida, señorita —respondió el guardia con brusquedad.

—Ya se la mostré —respondió ella.

El guardia meneó la cabeza.

—Señorita, no sé qué clase de broma intenta hacer, pero la mujer de la identificación tiene el cabello rubio y usa lentes. Usted ni siquiera se le parece.

—Eso es porque... —dijo—. ¡Tengo un motivo para verme diferente! Pero somos la misma persona, ¿no lo ve?

El guardia suspiró.

—¿Por qué intentaba entrar a escondidas, descalza, como una ladrona y murmurando sola? Parece muy sospechosa.

—¡No intentaba entrar a escondidas! Solo intentaba no hacer ruido porque sabía que esto iba a pasar.

—Cálmese...

—Llame al CEO —dijo—. ¡Él confirmará que trabajo aquí!

Ante eso, arqueé una ceja.

—Ah, ¿sí? —respondió el guardia con una risa—. Qué graciosa. ¿En serio cree que él siquiera sabe que usted existe? No recordaría el nombre de un ejecutivo aunque su vida dependiera de eso. Así de poco le importa la gente. ¿Por qué sería usted diferente? No se haga ilusiones.

Observé la escena, divertido. ¿Qué demonios le pasaba? Por lo general hacía hasta lo imposible por evitarme. Parecía desesperada mientras buscaba cómo librarse de aquello, hasta que me vio.

—¡Papi! —exclamó como si fuera algo normal.

Todo se detuvo. Hasta a mí me tomó por sorpresa. El guardia la miró como si le hubiera crecido otra cabeza.

Me enderecé un poco y quedé a plena vista. No supe si reírme o mirarla con incredulidad. Di un paso al frente y observé cómo ella intentaba mantener una actitud dulce.

El guardia me miró como si no pudiera creer lo que oía.

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