Grace
Quizá te preguntes qué se siente besar al Diablo. No sé cómo explicarlo. Solo sabía que aquel beso había sido suave y fugaz, pero bastó para trastornarme y hacerme arder de deseo.
Antes de que pudiera pensar, antes incluso de que lograra respirar bien, se apartó. El corazón me latía con tanta fuerza que parecía querer salírseme del pecho. Me quedé allí, aturdida, tocándome los labios mientras el recuerdo del beso me encendía la piel.
“Dios mío. Acabo de besar a mi jefe. Acabo de besar a mi jefe”.
“Mierda. Acabo de besar a Apollo”.
Borracha o no, entendía lo que había hecho. Entendía lo que implicaba y la espantosa realidad de sus consecuencias. Probablemente acababa de mandar al carajo la poca dignidad que me quedaba.
Y, aun así, al carajo. Quería hacerlo otra vez. Me ardía la cara cuando levanté la mirada hacia él. Sus ojos color avellana se habían oscurecido y, cuando gruñó y avanzó hacia mí, algo se encendió en mi interior.
—¿Te quieres morir? —Su voz sonó grave y furiosa.
Nunca me había dado tanto miedo. Pero, en vez de retroceder como solía hacer, sonreí. El alcohol que me corría por las venas me había vuelto estúpidamente atrevida. Di un paso lento hacia él y alcé la cara.
—No me importa morir —susurré— si usted va a matarme.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué va a hacer? —añadí con voz ronca.
—¿Estrangularme hasta matarme? ¿O quizá... darme unas nalgadas? —Me mordí el labio—. Porque he sido una chica muy mala, señor.
Se detuvo. Creí ver un destello de sorpresa en su mirada. Entonces me sujetó por la cintura con tanta fuerza que me robó el aliento.
Mierda. Me atrajo contra él y el corazón casi me estalló. Con la otra mano me levantó el mentón. ¿Iba a besarme?
Fruncí los labios por instinto. Pero, en vez de besarme como esperaba, se limitó a inhalar.
Se apartó. Su expresión no revelaba nada, pero sus ojos se encontraron con los míos y supe que alcanzaba a escuchar los latidos acelerados de mi corazón.
Intenté acortar la distancia otra vez, pero volvió a retroceder y se pasó una mano por el cabello con un suspiro.
—Otra vez estás borracha —dijo con sincera decepción.
Hice un puchero y negué con la cabeza.
—No, no lo estoy.
—Señorita Grace —me advirtió.
—¿Por qué cree que estoy borracha? Estoy sobria, ¿sabe? —añadí mientras arrastraba un poco las palabras.
Parecía a punto de poner los ojos en blanco, pero se contuvo.
—Fingiré que esto nunca pasó. En tu estado, no pudo haber sido más que un error —respondió con frialdad.
Sus palabras fueron como una cachetada. Crucé los brazos sobre el pecho y avancé otra vez hacia él con los dientes apretados.
—Está equivocado.
Arqueó una ceja.
—¿Qué?
—No fue un error —dije con firmeza.
Me miró como si fuera un bicho raro, pero continué y le clavé un dedo en el pecho.
—Y quizá usted es el borracho, porque lleva todo el día seduciéndome. Hasta inventó ese trato estúpido y ahora que dije que quiero hacerlo, ¿actúa como si la loca fuera yo?
Una sonrisa torcida asomó en sus labios, sin rastro de humor.

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