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Compláceme, Papi romance Capítulo 42

Presente

Apollo

La miré. Abrió los ojos de par en par, como si por fin hubiera procesado lo que había hecho la noche anterior. Poco a poco, su expresión reveló que ya lo entendía. Abrió la boca y volvió a cerrarla enseguida. Fue una decisión sensata. Dijera lo que dijera, no habría servido de nada.

Bajé la mirada. La sábana se pegaba a su cuerpo y dejaba ver el contorno de sus caderas, la curva de sus pechos y los pezones marcados bajo la tela. Apenas estaba cubierta.

Cuando volví a mirarla a la cara, me observaba con la misma expresión inocente. Exhalé con fuerza y me apreté la sien con una mano. Esa mujer era un maldito dolor de cabeza.

Desde que apareció, nada salió según lo previsto. Antes, mis días empezaban y terminaban como quería, entre reuniones predecibles y resultados calculados. Ahora, nada salía como pretendía y mi autocontrol pendía de un hilo.

Por eso le propuse el trato. No se debía a que la deseara en un sentido romántico. El romance no era lo mío. La lógica sí. Creí que, si satisfacía ese impulso primitivo que despertaba en mí, todo volvería a ser como antes. Pero la noche anterior demostró lo contrario.

La noche anterior me volvió un hombre al que no reconocía. Impaciente, frustrado y consumido por la necesidad de tocarla, apenas pude mantener las manos quietas. Nunca había tenido que contenerme tanto para conseguir lo que quería.

Se movió en la cama y murmuró:

—Mmm...

Arqueé una ceja cuando se mordió el labio. Una costumbre peligrosa.

—S-Sé que lo que pasó fue imperdonable —empezó—, pero en serio lo siento, señor...

La interrumpí sin apartar la mirada.

—Veo que en serio disfrutas disculparte. Ya parece casi un reflejo para ti.

Tragó saliva y apartó la cara; se negaba a mirarme a los ojos. En ese momento parecía una niña regañada por comer dulces a escondidas de sus padres.

Suspiré, crucé los brazos y me apoyé en el sofá.

—¿Qué hiciste mal, señorita Grace? —pregunté.

Inclinó un poco la cabeza hacia mí, pero volvió a apartarla. Se acomodó un mechón suelto detrás de la oreja.

—Me emborraché... y lo incomodé.

—“Incomodé” es una forma muy generosa de decirlo, ¿no crees? —dije con sequedad—. Primero hiciste un escándalo en mi empresa. Luego me llamaste papi delante del guardia de seguridad nocturno.

Aferró la sábana con más fuerza.

—Segundo, me besaste sin permiso.

Levantó la cabeza con pánico en los ojos.

—Yo...

—Eso podría considerarse acoso sexual —la interrumpí.

Se enderezó, abrió mucho los ojos y la boca se le quedó entreabierta.

—¡No! No quise...

La miré. Se quedó callada, avergonzada. Ver cómo se retorcía de vergüenza me resultó mucho más satisfactorio de lo que esperaba.

—Y después...

Me levanté, metí las manos en los bolsillos y avancé hacia ella como un depredador al acecho de su presa.

—Me hiciste cargarte hasta mi oficina cuando ya tenía la agenda saturada.

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