Grace
Abrí la boca y respiré hondo. Dios mío. Dios mío. Corrí; el corazón me latía como si quisiera salirse del pecho. Entré al ascensor, apreté con fuerza el botón del sexto piso y las puertas se cerraron.
A esas alturas, debía de estar cansada de vivir. No, en serio.
Porque solo alguien harta de la vida se emborracharía, entraría tambaleándose a la empresa de su jefe, lo besaría, se le montaría encima como si fuera su juguete personal, gemiría toda clase de estupideces como una lunática y luego caería desmayada.
Y, para colmo, tuve el descaro de creer que todo había sido un sueño. Un sueño.
“¿En serio? ¿Te lanzaste sobre él y tiraste a la basura hasta la última pizca de amor propio, y todo para terminar así? Deberías estar en la cárcel. No. Algo peor. Mereces la maldita pena de muerte.”
Si tenía que lanzarme sobre alguien, ¿no podía haber elegido a alguien menos importante? No tenía por qué ser mi jefe, y mucho menos Apollo, el CEO de Reed Corporation.
“Volviste a emborracharte y a lanzarte sobre mí. ¿Qué te hace pensar que la próxima vez no te ataré y te castigaré?”
Sus palabras se repetían en mi cabeza como un disco rayado. Gemí de frustración y me tapé la cara con las manos, como si así pudiera borrar de mi mente su voz y la sensación de su contacto.
No habrá una próxima vez. Las puertas volvieron a abrirse en el segundo piso. Contuve el aliento al levantar la mirada.
Por suerte, ninguna me reconoció enseguida. Eran las tres pasantes de relaciones públicas, las mismas que habían dejado muy claro que me odiaban a muerte. Entraron riéndose entre ellas, sin siquiera mirar alrededor. Cuando se enfrascaban en una conversación, el resto del mundo dejaba de existir.
Me arrinconé al fondo del ascensor y me cubrí la cara con el cabello. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando una mano las detuvo. River entró.
Sentí un vacío en el estómago. No puede ser.
Las tres se enderezaron al mismo tiempo y se echaron el cabello hacia atrás. No las culpaba. River era uno de los hombres más atractivos de la empresa, solo superado por Apollo. Seguramente estaba acostumbrado a la reacción que provocaba en las mujeres.
—Hola, River —saludó una con voz melosa.
—¿Quieres venir a desayunar con nosotras? —añadió otra.
—No, gracias. —Les dedicó una sonrisa cortés, pero distante, y no volvió a mirarlas. Luego dirigió la mirada al fondo del ascensor y se encontró con la mía.
Giré la cabeza y dejé que más cabello me cubriera la cara.
“No me mires. Ignórame, te lo suplico”.
Alzó una ceja, pero no dijo nada. Se colocó a mi lado y se apoyó con naturalidad contra la pared, con las manos en los bolsillos y una actitud indescifrable. Se veía como siempre, distante y algo aburrido, como si el mundo entero no fuera más que ruido de fondo.


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