No era que estuviera actuando, ni tratando de fingir nada.
Sino que, en estos últimos días, había estado sometida a múltiples emociones agobiantes.
La trágica muerte de Bruno, la insistencia de Federico en llevar a Mariana a vivir a su casa, sumado a los problemas entre ellos dos; todo se había confabulado para arruinarle el ánimo por completo.
Por lo tanto, sentía molestias intermitentes en el vientre.
Esa incomodidad le generaba ansiedad y preocupación, y para colmo, el llanto de su madre la había arrastrado a la misma tristeza.
Al notar que algo andaba mal con ella, Elena se secó rápidamente las lágrimas y le preguntó:
—¿Te duele el estómago?
Selene retiró la mano de inmediato.
—No.
Después de decir esto, se levantó, obligándose a reprimir sus emociones. Sin siquiera mirar a Federico, simplemente dijo:
—Vámonos.
Temía que si se quedaba más tiempo, su madre se daría cuenta de algo, después de todo, era una mujer experimentada.
A Federico pareció disgustarle esa actitud. Su apuesto rostro se enfrió visiblemente, pero también se puso de pie para despedirse de Elena.
—Nos retiramos, suegra. Cuando usted y mi suegro tengan tiempo, vengan a visitarnos.
Hablaba con voz grave, educada y mostrando el respeto correspondiente.
Su trato hacia los mayores era intachable, y él mismo irradiaba una elegancia y distinción que reflejaban a la perfección su refinada educación.
Además, la relación entre las familias Solís y Villar siempre había sido excelente.
Elena y Estella Villar, la madre de Federico, eran íntimas amigas.
Estella adoraba a Selene, y el hecho de que ella hubiera terminado casándose con Federico se debía en gran medida a la influencia de Estella.
Por lo tanto, Federico debía mostrar respeto ante su suegra.
Al ver su comportamiento, Selene lo ignoró y apartó la vista.
Elena asintió.
—De acuerdo.
Federico asintió con cortesía, se dio la vuelta y empezó a caminar, ignorando a su vez a Selene.
Selene pensó que probablemente a él ya le daba pereza hasta fingir.
O tal vez... ya estaba calculando... ¿cómo haría para casarse con Mariana?
—Espera —la voz de Elena resonó de pronto, deteniendo a Federico y sacando a Selene de sus pensamientos.
Ambos se dieron la vuelta.
Elena le dijo:
—Federico, quiero hablar contigo a solas.
Selene tuvo que rendirse. Estaba intranquila, pero solo podía consolarse pensando que no debía imaginarse cosas.
Elena guio a Federico por el pasillo de la sala principal hasta un jardín lateral.
Era un lugar exquisito y bellamente decorado; iluminado por la luz del atardecer, despertaba una agradable sensación de paz en cualquiera que lo viera.
Elena se detuvo y Federico hizo lo mismo, mirando a su suegra.
Una mujer de unos cincuenta años, elegante, serena y muy bien conservada.
Elena lo miró fijamente y fue al grano:
—¿Sabes que Selene está enferma?
Federico se quedó perplejo y negó con la cabeza.
—Lo lamento, he estado muy ocupado en el trabajo y ella no me ha comentado nada.
Elena no se sorprendió por su respuesta y tampoco lo reprendió, solo explicó con tranquilidad:
—No ha estado bien de ánimo y tampoco tiene apetito. Estos últimos días ha comido muy poco y la comida con grasa le da náuseas.
Elena mantuvo los ojos clavados en él.
Federico frunció levemente el ceño, y ella continuó:
—Hace un par de días sentía asco y arcadas. Dijo que tenía un problema estomacal, pero le sugerí tomar medicina y se negó.

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