Capítulo 57
Apenas terminó de hablar Marina, se escuchó un ruido en la entrada. Alejandro acababa de llegar.
Había recibido una llamada en el garaje, por eso subió más tarde. No esperaba encontrar a su madre ahí.
A Alejandro no le gustaban las visitas sorpresa.
Nadie del clan Jiménez solía venir sin avisar. Si necesitaban hablar, lo llamaban antes para que fuera él a visitarlos.
Esa era precisamente la razón por la que se había atrevido a traer de vuelta a Laura.
En el instante en que vio a su madre, su mente se quedó en blanco.
—¡Mamá! ¿Por qué no avisaste que venías?
—Si no vengo, ¿cuánto más pensabas seguir engañándome? Ya entiendo por qué Camila anda tan alterada últimamente. ¡Con razón, si resulta que tienes a otra mujer viviendo aquí!
Marina estaba fuera de sí. Tomó su bolso y le dio un golpe a Alejandro en el hombro.
Ella siempre había consentido a su hijo. Si ahora llegaba a levantarle la mano, era porque realmente había perdido el control.
—Mamá, por favor, cálmate. No es lo que estás pensando. Laura solo està quedándose un tiempo aquí. Camila lo sabe, incluso lo aprobó...
—A mí no me importa lo que piense Camila. ¡No te olvides del testamento de tu abuelo! ¿Y de todo lo que sufrimos por culpa de esa mujer? ¡Esa descarada no tiene vergüenza! Si insistes en seguir con ella, ¡más te vale prepararte para enterrarme de un infarto!
El rostro de Marina estaba rojo de ira, y casi gritó las palabras.
Laura, impotente, no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. Se escondió detrás de Alejandro, mordiéndose el labio para no decir una palabra.
Pensó que, en este punto, Alejandro la defendería sin dudar.
Después de todo, ya tenían un hijo juntos. Ella no era la misma chica débil de antes.
Laura tembló de rabia. Las lágrimas le ardían en los ojos, pero no llegaron a caer.
—Laura, por favor, ve a empacar tus cosas.
Alejandro la miró apenas de reojo. Su tono era tan frío como definitivo.
Al ver a Marina, altiva y mandona, a Alejandro, otra vez cediendo, y a los sirvientes mirando el drama desde las sombras, Laura sintió que su dignidad se hacía trizas.
Apretó los dientes, y subió las escaleras para empacar las cosas.
No tenía muchas pertenencias, así que recogió lo esencial y bajó de nuevo.
Al pasar frente a la habitación de Mateo, miró con furia a las empleadas y dijo:
—Mateo es el heredero de la familia Jiménez. Si se atreven a hacerle daño, aunque sea un poco, ¡la familia no se los vaa perdonar!

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