—Kiki, vine a sacarte de aquí.
Teo apareció a contraluz. Su voz sonaba con una familiaridad reconfortante.
Kiara entrecerró los ojos y, por un instante, se sintió desorientada.
Dicen que el hermano mayor es como un segundo padre.
Para Kiara, este hermano mayor, que le llevaba doce años, siempre había sido como un padre y un maestro durante toda su vida.
Cuando era niña, su padre siempre estaba ocupado con los negocios y rara vez lo veía. Su madre tenía demasiadas obligaciones y apenas podía prestarle atención.
Fue Teo quien llenó los vacíos de su infancia y la vio crecer.
Le enseñó a escribir, le enseñó artes marciales, le leía cuentos, la llevaba a la escuela, y si algún niño se atrevía a molestarla, él siempre estaba ahí para defenderla.
Si bien sentía un respeto temeroso por Mateo Tagle, en Teo confiaba ciega y plenamente.
Por eso, cuando empezó a notar que las miradas de Teo hacia ella eran cada vez más escasas, sintió miedo.
Hizo todo lo posible por recuperarlo.
Si él decía que las mujeres debían ser tranquilas y elegantes, ella reprimió su naturaleza alegre y dejó de reír y saltar.
Si él decía que debía estudiar más y entrenar duro, ella dedicó cada segundo libre a los libros y a las artes marciales.
Si él decía que debía ser fuerte e independiente, ella se tragaba las ganas de desahogarse y soportaba todo el sufrimiento en silencio.
Se esforzó por convertirse en la hermana perfecta que Teo quería, solo para escucharlo decirle a Tamara: "Estás perfecta tal como eres. Mantente fiel a ti misma, sé espontánea y auténtica".
¡Qué ironía!
Kiara se puso de pie lentamente y caminó paso a paso hacia Teo, quien seguía parado en la luz.
Luego, pasó por su lado sin siquiera mirarlo.
Esta vez, ya no iba a mendigar su cariño.
Teo se quedó perplejo por un segundo. Pensando que Kiara seguía haciendo un berrinche, frunció el ceño.
Luego soltó un suspiro.


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