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De Luna rechazada a reina licántropa romance Capítulo 3

ELOISE

—¡Eh! ¡Cuidado!

Un coro de gritos de unos comerciantes de la manada cercanos me devolvió a la realidad.

Me giré justo a tiempo para ver un sedán blindado, negro azabache y aerodinámico, lanzarse hacia mí. Iba demasiado rápido.

Se me cortó la respiración. Me quedé helada, con mi instinto de loba fallándome en medio del duelo.

¡¡RECHINIDO!!

Los neumáticos se bloquearon y derraparon sobre la grava. Polvo y piedrecillas salieron disparados al aire, envolviéndome en una nube gris. El pesado parachoques de metal se detuvo a centímetros, apenas unos míseros centímetros, de mis rodillas. El calor que irradiaba el motor me quemó la piel.

El corazón me golpeaba contra las costillas, pero, extrañamente, no sentí miedo. Sentí… otra cosa.

Cuando el polvo se asentó, un olor intenso y abrumador me golpeó la nariz.

No era el olor a caucho ni a asfalto. Era algo orgánico. Algo podrido. Olía a sangre antigua mezclada con azufre y belladona en descomposición. Era el hedor de una enfermedad tan profunda que manchaba el alma.

La puerta del conductor se abrió de golpe y un hombretón con traje oscuro saltó fuera. Parecía furioso.

—¿Estás loca? —bramó el conductor, avanzando hacia mí a zancadas—. ¿Tienes instinto suicida, loba? ¿Por qué no mirabas por dónde ibas?

Extendió la mano para empujarme fuera de la carretera, pero, antes de que sus dedos tocaran mi hombro, le agarré la muñeca.

Parpadeó, sorprendido por mi velocidad.

—Quieto. —Mi voz salió ronca, pero autoritaria.

Me incliné y lo olfateé con descaro, justo a la altura del cuello.

El conductor se echó atrás, mirándome como si estuviera loca.

—¿Qué demonios haces? Suéltame, lunática.

—No eres tú —murmuré, soltándolo—. Estás más sano que un roble, aunque tienes el colesterol alto. Pero ese olor…

Mi mirada se deslizó más allá de él, hacia el coche negro; en concreto, hacia el asiento trasero. Los cristales estaban tan polarizados que parecían obsidiana pulida, reflejando mi imagen desaliñada.

Algo me atraía hacia lo que fuera —o quien fuera— que estuviera en el asiento trasero. No podía ver el interior, pero podía sentirlo. Era como si me encarara un depredador capaz de tragarse el mundo entero.

—¿Quién va en el coche? —pregunté, dando un paso hacia el vehículo.

El conductor se interpuso delante de mí, gruñendo por lo bajo.

—No es asunto tuyo, pero deberías saber que no es alguien con quien jugar; es el Rey Licano —dijo, y el miedo me atenazó de inmediato.

¿El Rey Licano? ¿El hombre despiadado y peligroso al que nadie le ha visto los ojos? No pude evitar mi reacción; me incliné en señal de respeto al instante.

Pero algo me obligó a mirar de nuevo los cristales negros polarizados; era como si me llamaran. Me concentré en los olores que se filtraban por las rendijas de la puerta. Era una maldición. Una maldición de magia poderosa y oscura.

—Está sufriendo —dije, mirando directamente a la ventanilla negra—. Un dolor terrible. Se siente como fuego en las venas, ¿verdad?

Debería callarme; no era asunto mío, pero estaba en uno de esos estados. Sentía que alguien hablaba a través de mí cada vez que diagnosticaba a alguien. Probablemente por eso no podía cerrar la boca.

—Cuida tu lengua, escoria —soltó el conductor con una furia desbordada.

—No puede dormir —proseguí, y mi voz fue ganando fuerza, aunque mi subconsciente supiera que debía callar—. La luz de la luna lo quema. Su lobo está luchando por el control, despedazándolo desde dentro hacia afuera. Y los ojos…

Me detuve; el diagnóstico se formó con claridad en mi mente, como si el olor me susurrara los síntomas.

—Es la Maldición de la Cromía, ¿verdad? —dije en voz baja—. El color de sus ojos no es el mismo. Cambian de color con la luna. Si no la trata pronto, se volverá salvaje antes de que acabe el año.

—Debería buscar a un gran sanador —dije, dándome la vuelta—. Es la única clase de gente que conozco que podría hacer algo con su situación.

Capítulo 3 El rey licano maldito 1

Capítulo 3 El rey licano maldito 2

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