ELOISE
Oír el apellido Lockwood, por lo general, me hacía sentir pequeña. Me hacía sentir una indeseada, pero hoy las cosas se sentían distintas.
—De acuerdo. Es hora de que vean que la hija a la que desecharon ya no es basura —dije.
El Rey asintió, complacido.
—Pasaré por ti a las siete esta tarde. Necesitas descansar lo suficiente antes de entonces. Y, por favor, vístete bien; si van a verte conmigo, tienes que estar a la altura. Mi tarjeta cubrirá todo lo que necesites.
Me tendió una tarjeta dorada y elegante.
—Compra todo lo que necesites.
Tomé la tarjeta. Me había ido de la manada sin nada a mi nombre, así que no iba a decir que no. Además, iba a romper una maldición que nadie podía arreglar. Me merecía un pequeño pago.
Me asignó a una asistente llamada Fania para llevarme de un lado a otro y luego se fue a su propia habitación.
Cuando se fue, me di la ducha más larga de mi vida. Me restregué la suciedad y el olor a hospital, y dormí en una cama muy suave que se sentía como un hogar.
Cuando desperté horas más tarde, me sentía como una persona nueva. Alcancé el teléfono que Fania me había dado. Pasaban de las cuatro. Necesitaba llegar a las tiendas cuanto antes.
Mi mente repasó lo que había pasado la noche anterior. No podía creer que esta fuera mi nueva realidad, pero no me importaba. Mi buen humor se esfumó en cuanto desbloqueé el teléfono: la pantalla estaba llena de notificaciones.
Mierda. Me había olvidado de cambiar mi número.
Los Lockwood tenían mi teléfono echando humo. Abrí los mensajes, con el pulgar suspendido sobre la pantalla.
El primero era de mi padre.
—¿Dónde estás? Representas a esta familia. Vuelve antes de que nos hagas quedar en ridículo.
Luego uno de mi hermano, Antonio.
—Deja de comportarte como una niña, Eloise, y vuelve a casa.
Luego otro de mi hermano Julian.
—Mocosa desagradecida. Summer está enferma de preocupación por tu culpa. Vuelve ahora mismo y pídele perdón.
Y, por último, un mensaje de la propia Summer, la impostora que me robó la identidad y la vida.
—Ellie, ¿estás bien? Estamos todos muy asustados por ti. Por favor, vuelve a casa, podemos arreglar esto.
Me quedé mirando la pantalla. Antes habría respondido al instante. Habría suplicado su perdón aunque no hubiera hecho nada malo. Habría escrito mensajes larguísimos tratando de explicarme.
Pero hoy solo los leí. No iba a decir nada. No iba a teclear ni una sola palabra. Que les apareciera el visto en sus móviles para que supieran que vi sus mensajes y no me importó.
Se sintió bien.
Arrojé el teléfono a la cama y me estiré. El aire estaba en calma. Tenía una gran cena a la que asistir con el lobo más poderoso y despiadado del mundo entero, y necesitaba un vestido que les dejara la boca abierta.
Llamé a Fania.
—Hola. ¿Puedes traer el coche? Necesito ir al centro comercial a comprar un vestido.
—Claro, señora —respondió.
Treinta minutos después, estaba frente a la boutique más cara de la ciudad. Era un lugar donde compraban lobos de alto rango de manadas adineradas.
Entré con la cabeza en alto. Empecé a oír susurros. Sabía que pasaría, pero iba a hacer lo posible por no dejar que me afectara.
—¿Qué hace siquiera aquí? ¿Es que no tiene vergüenza?
—En el fondo me da pena. Ella debería ser quien estuviera en el lugar de Lady Summer ahora.
—Mírala, piensa y camina como si fuera mejor que todos.
Ignoré los comentarios y me dirigí a la chica del mostrador.
—Hola, necesito un vestido para una cena.
—Bienvenida a nuestra boutique, señora. Estos son los estilos más nuevos de la capital —dijo, extendiendo las manos hacia unos vestidos colocados en otro perchero.
Recorrí los percheros, con los dedos deslizándose por la seda y el terciopelo caros. Entonces lo vi: un vestido color champán que brillaba bajo las luces, simple pero elegante.
—Quiero probarme ese —dije, señalándolo.
La dependienta asintió y fue a bajarlo. Pero justo cuando su mano rozó la tela, una voz chillona resonó desde la entrada.
—Espera, yo quiero ese.
Se me heló la sangre. Conocía esa voz.
Me giré despacio y, cómo no, era Summer. Detrás de ella, como un perro guardián leal, venía mi hermano Julian.
Summer iba vestida perfecta, como siempre. Parecía la Luna en formación perfecta. Cuando me vio, se quedó clavada.
—¿Eloise? —abrió mucho los ojos—. ¡Oh, Diosa! Ellie, ¿eres tú?
Se lanzó hacia mí, con el rostro retorcido en una expresión de pura preocupación.
—¿Dónde has estado? Hemos estado muy preocupados por ti. Viste nuestros mensajes, ¿verdad? ¿Por qué no respondiste? Mamá ha estado llorando toda la noche.
Pero las dos sabíamos que era mentira.
De verdad no entendía el numerito que intentaba montar.
Extendió los brazos para abrazarme. Pero el instinto me dominó; no quería su olor ni su calidez falsa cerca de mí.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Luna rechazada a reina licántropa