Yara siempre había sabido leer el ambiente, por lo que trataba a su tía Otilia con una devoción absoluta.
—Tía Otilia —saludó Yara con voz suave al entrar a la capilla.
La Gran Dama, apoyada en su elegante bastón, acababa de ofrecer incienso. Al verla, sonrió y se acercó para abrazarla, en un tono que era a la vez cariñoso y de reprimenda:
—¿Cuánto tiempo hace que volviste al país y apenas vienes a visitar a tu tía?
Yara hizo un tierno puchero y se aferró a ella, mimosa.
—Frente a la capilla no me atrevería a mentir, tía. He tenido tantas cosas encima desde que llegué... Apenas hasta hoy pude respirar un poco.
—Sí, claro, todos están muy ocupados —insistió Otilia, sin soltar el tema—. No tienes tiempo para mí, pero vaya que te sobra para pasearte del brazo de ese Lisandro Herrera por todas partes.
Yara sacó la lengua con picardía y abrazó a la anciana, rogando perdón entre risas.
—Está bien, está bien —rio Otilia, antes de ponerse seria—. Escúchame bien, Yarita. Sé que hay historia entre tú y ese chico de los Herrera, pero él ya está casado con otra, y toda la alta sociedad lo sabe. Llevas el apellido Lozano, no tienes por qué conformarte. pretendientes te sobran.
—Sé que me lo dices porque me quieres, tía —respondió Yara, bajando la mirada—. Pero, honestamente, no quiero a nadie que no sea Lisandro. Él siempre me ha sido leal, desde el principio.
Bajó la voz en tono confidencial:
—De hecho, él y esa mujer ni siquiera hacen vida de casados. Entre ellos no hay ningún tipo de intimidad, mucho menos amor.
Otilia frunció el ceño y suspiró levemente.
—¿Y tú le crees?
—Le creo.
Al ver que Otilia aún no parecía convencida, Yara se apresuró a añadir para ganarse su favor:
—Tía, no te preocupes, yo sé lo que hago. Por cierto, Lisandro siempre me dice que quiere venir a visitarte. Tiene muy presente lo de tus dolores de espalda y ya arregló todo para que el mejor especialista en rehabilitación de su hospital venga a tratarte.
—Bueno, es verdad que esta vieja espalda me mata de dolor todos los días.
—Entonces es un hecho —sonrió Yara, y en su mente ya había elegido a la "especialista" perfecta para el trabajo.
—Como sea, ya vi que no puedo meterme en tus asuntos del corazón —dijo Otilia, levantando las manos en señal de rendición—. Solo espero poder convencer a ese gigante de hielo para que asegure de una vez el linaje de los Lozano. Tú ya creciste y tarde o temprano te casarás. No puede seguir así para siempre.
Yara volvió a sonreír con complicidad.
—Entonces te deseo mucha suerte, tía. Ya me tengo que ir, quedé de cenar con Lisandro.
Y sin más, salió corriendo de la sala.

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