Al escucharla, Lisandro asintió de acuerdo.
Regresaron a la mansión.
Lisandro la sacó del auto cargándola con una delicadeza extrema y la llevó en brazos hasta su habitación.
Recargada contra la cabecera de la cama, Alana le escribió un mensaje a Axel contándole lo sucedido, prometiéndole que en cuanto lograra calmar a Lisandro, regresaría a la casa de los Vargas.
Desde el instante en que cruzaron la puerta, Lisandro no paró ni un segundo.
Él mismo empapó una toalla con agua tibia y le limpió el rostro y las manos; él mismo le acercó el vaso con agua y le dio de comer en la boca.
Estaba imitando la forma devota en que ella lo cuidó durante sus peores años.
Alana lo observaba en silencio, pero su corazón ya no sentía ni una chispa de ternura. Para ella, esto era una auténtica tortura.
Esa noche, Lisandro llenó la tina con agua caliente, colocó unas toallas mullidas en el borde y la levantó en brazos para que pudiera remojar los pies.
Sin embargo, el agua estaba demasiado caliente y Alana soltó un quejido.
—¡Quema!
Lisandro abrió rápidamente la llave de agua fría con torpeza. Al hacerlo, su mirada se clavó en la cicatriz que cruzaba el empeine de Alana.
Era el recuerdo de la vez que él, en un ataque de furia, estrelló un plato de cerámica contra el suelo y los pedazos le cayeron directamente en el pie a ella.
Él se arrodilló junto a la tina, metió la mano en el agua y rozó suavemente esa marca gruesa que parecía una lombriz.
—¿Todavía te duele?
El rostro de Alana permaneció estoico. Como si ya estuviera inmunizada contra él, apartó el pie con frialdad.
Los dedos de Lisandro temblaron. Un destello de rabia e impotencia oscureció sus ojos mientras reprimía la voz.
—¿Por qué no me dijiste que te iban a operar? Entiendo que estés molesta, pero todo tiene un límite.
—Si Yara no me hubiera avisado que estabas internada, yo ni siquiera...
—¿Tanto es tu coraje que a propósito elegiste operarte el día de tu cumpleaños?
Alana lo miró sin pestañear. Ni siquiera tenía energía para enojarse. Respondió con un tono glaciar:
—Si hubiera tenido la opción, créeme que no me habría operado en absoluto.
Lisandro alzó la vista rápidamente para explicarse:

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