—Abuela, ya basta —interrumpió Lisandro con el rostro tenso—. Si pude recuperar mi salud fue gracias a Alana. Incluso si se quedara con toda mi fortuna, se lo tendría bien merecido.
—¡Muchacho, no digas disparates...! —Inés abrió los ojos de par en par.
Lisandro le hizo un gesto para que se callara y se dirigió a Alana:
—Ve con tu papá por ahora.
—¡Señora! ¿Se encuentra bien?
El mayordomo soltó un grito ahogado al ver que Isabel se desvanecía. La sostuvo por los brazos; su rostro estaba pálido como el papel.
Lisandro corrió a ver cómo estaba, y el caos se apoderó de la sala en un instante.
Al presenciar esto, Alana no intervino; en cambio, tomó a su padre del brazo y salieron de allí.
Sentada en el asiento del copiloto, veía a Gregorio manejar mientras soltaba un sinfín de maldiciones, pero su corazón se sentía lleno de calidez.
Gregorio le dijo que él era solo un hombre de campo sin mucha educación, que no sabía cómo consolarla ni qué consejos darle.
Lo único que podía decirle era que si alguna vez se sentía infeliz, siempre podría regresar; su casa siempre sería su refugio.
En toda su vida, aquellas fueron las palabras más hermosas que había escuchado salir de la boca de su padre.
De pronto, sintió que el cáncer ya no le daba tanto miedo.
Pensó que haber venido a este mundo y ser tan amada por tantas personas hacía que todo valiera la pena.
Alana no acompañó a su padre a Villa Esperanza.
Regresó a casa de los Vargas y le pidió a su profesor que la pusiera en contacto con TechNova S.A.
La próxima vez que vio a Lisandro fue un par de días después, en la oficina de Fabián Chávez.
Se encontraban sentados uno al lado del otro, con los papeles del divorcio sobre el escritorio.
Revisó el contenido del documento. Lisandro había añadido una cláusula de compensación económica, y la suma que le ofrecía era varias veces mayor a la que ella había solicitado.
Echando cuentas, eran casi diez años de estar pendiente de él, sumados a los tres que llevaban conviviendo día tras día. Todo parecía un sueño demasiado vívido.
Había anhelado, se había decepcionado, había puesto todo de su parte; tuvo instantes fugaces de felicidad, pero también sufrió un dolor inmenso.
Al despertar de ese sueño, lo único que quedaba era un suspiro melancólico y aquella cifra en el papel; ya no había rastros del dolor desgarrador de antes.
No pudo evitar bromear al respecto:
—Es un mero trámite. No tenías que darme tanto, Lisandro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía