Todos se quedaron atónitos ante aquel exabrupto inesperado.
Gregorio también se puso en pie:
—Señora, creo que me entendió mal. ¿Por qué se toma personal todo lo que digo?
—¿Crees que soy sorda para no escuchar tus indirectas venenosas? —estalló Inés, completamente colérica—. Deberías mirarte al espejo. Si no fuera por la suerte de tu hija al casarse con un Herrera, ¿con qué derecho te atreverías a sentarte a nuestra mesa?
—¡Mamá! ¿Pero qué cosas estás diciendo? —Isabel, alarmada, intentó apaciguarla—. Le ofrezco una disculpa, consuegro. Mi madre ya está mayor y...
—No pasa nada, no pasa nada, consuegra. No se angustie —Gregorio seguía sonriendo como si nada hubiera ocurrido. Entonces, se giró hacia Inés—: Señora, de verdad que se está confundiendo.
—Mis palabras no traían ninguna indirecta... Le estoy diciendo sus verdades en su cara.
—¿Qué dijiste?
Inés frunció el ceño y el ambiente se cargó al instante de una tensión explosiva.
Alana miró a su padre, aún más confundida.
Desde que tenía memoria, ya fuera en el pueblo o cuando la llevó a Alborada a ganarse la vida, su padre siempre había sido un hombre muy astuto y práctico.
Solía repetir que eso de la ciencia y la investigación era cosa de hombres, y su mayor sueño siempre fue casarla con alguien de buena familia.
Si en el pueblo se llegaban a enterar de que ella se iba a divorciar, sería el hazmerreír de todos.
Mientras ella seguía absorta en sus pensamientos, Gregorio le lanzó una mirada firme y, apuntando con el dedo a los demás, continuó despotricando:
—Escúchenme bien... Sí, mi hija es muy afortunada y tiene un corazón de oro. De no ser así, no hubiera venido a sacarlos del apuro, ¡bola de malagradecidos!
—Suegro, le sugiero que cuide sus palabras —le advirtió Lisandro en tono frío—. No arrastre a Alana a pasar la misma vergüenza que usted.
Gregorio los fulminó con la mirada y soltó una carcajada burlona:
—¿De qué vergüenza me hablan? Si ustedes son unos descarados, y encima se hacen las víctimas. Tienen el descaro de humillar a mi propia hija frente a mí, ¿creen que estoy ciego? ¡Llevo toda la tarde aguantándolos!

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