—¡Déjenlo en paz! —gritó Alana.
Agarró su bolso y lo usó como arma, lanzándose hacia adelante y golpeando a las mujeres para apartarlas a la fuerza.
Se plantó frente a Axel para protegerlo. Al voltear y ver los rasguños rojos en su rostro, sintió una punzada de dolor. Furiosa, clavó la mirada en las dos mujeres.
—Todavía estás convaleciente, no te metas. Ve a un lado y llama a la policía —le dijo Axel, tomándola por los hombros e intentando empujarla hacia un lugar seguro.
—Ya lo hice —murmuró ella—. Pero no me voy a quedar mirando cómo te linchan. Jamás.
—¡Uy, ya llegó su cómplice! —empezó a gritar una de las mujeres, señalando a Axel con el dedo—. ¡Miren todos! ¡Vengan a ver a este monstruo disfrazado de doctor! Se aprovecha de las pacientes. ¡Mi pobre e inocente sobrina fue víctima de esta basura!
Tras lanzar sus acusaciones, la mujer levantó su celular y mostró a los curiosos una foto comprometedora donde un hombre y una mujer aparecían abrazados, sin camiseta.
La multitud empezó a murmurar, señalando a Axel con indignación. Los más chismosos hasta sacaron sus teléfonos para grabar.
Axel se puso las manos en la cintura y soltó una carcajada cargada de frustración:
—¡Ni siquiera conozco a la persona de la foto! Si van a editar imágenes, al menos háganlo bien.
—¡Qué injusticia! —gritó la señora a todo pulmón, deseosa de atraer aún a más curiosos—. ¡Una niña buena y pura viene a curarse y termina arruinada por culpa de este animal!
Alana se cruzó de brazos, con el rostro serio. De repente, alzó la vista y, en el balcón del segundo piso, vio a una cara conocida.
Yara, con un maquillaje impecable, estaba apoyada en el barandal. Sostenía su barbilla con una mano y observaba el alboroto con una sonrisa perversa y llena de burla.
Fue entonces cuando Alana lo entendió todo: por eso los guardias de seguridad no intervenían y solo se quedaban mirando desde lejos.
Era el clásico estilo de Yara. Nunca dejaba pasar la oportunidad de una venganza.
Alana sabía muy bien que, aunque la policía llegara y descubriera la verdad, la reputación de Axel ya estaría destruida.
En ese momento, Axel también descubrió a Yara y maldijo entre dientes:
—Así que fue obra de esa maldita víbora.
Dio un paso con la intención de subir a enfrentarla.
Al ver esto, una de las mujeres gritó: "¡De aquí no te vas!", y de inmediato los matones se cerraron sobre él.
Axel empujó a Alana tras de él, usándose como escudo, y, ya sin poder aguantar más, empezó a defenderse de los golpes.


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