—Este es el Hospital del Consorcio Herrera —dijo Lisandro con un tono implacable—. No es el patio de juegos de nadie.
Yara adoptó de inmediato una expresión de dolor.
—Comparado con la forma en que me humillaron el otro día, esto no es nada. ¿De verdad te parece que fui demasiado lejos?
Lisandro no respondió. La miró con una afilada frialdad que rara vez mostraba.
—Ese tipo se llama Axel Vargas. Es el amigo de la infancia de Alana, y trabaja como doctor aquí, ¿lo sabías? —Yara señaló hacia abajo, desafiándolo con la pregunta.
Lisandro frunció el ceño; era obvio que no estaba enterado.
—Cuando Alana trabajaba aquí, usaba su posición para pasársela metida con él todos los días —afirmó Yara con total seguridad—. Eres el único tonto que cree que tu exesposa es una santa que se sacrificó por ti.
Al oír esto, Lisandro volvió a mirar hacia el primer piso.
En medio de todo ese ataque, Alana seguía aferrada con fuerza a la cintura de Axel, tratando de protegerlo.
Era evidente que ella estaba dispuesta a arriesgarse por él, que le importaba muchísimo.
En ese preciso instante, un remolino de emociones oscuras se encendió en el pecho de Lisandro, endureciendo sus facciones.
—Por lo que sé, ese tal Axel siempre ha sido un mujeriego sin escrúpulos. Era cuestión de tiempo para que esta gente viniera a ajustarle las cuentas. Dios los cría y ellos se juntan. ¿De verdad sigues sin ver la verdadera cara de Alana? —le reprochó Yara.
Lisandro bajó la mirada y, con una expresión vacía, se soltó del agarre de ella.
—Hasta que el divorcio no sea oficial, ella sigue siendo mi esposa.
Y sin decir más, se alejó a grandes zancadas.
—¡Lisandro! —gritó Yara, perdiendo toda su compostura y pisando fuerte contra el suelo por el coraje.
—Señorita Lozano, por favor no se enoje —intentó calmarla César, sudando frío—. El director general no tiene nada en su contra, es solo que él es alguien que valora demasiado los lazos familiares.
—¡Cállate! —le espetó ella con furia—. Más te vale mantenerme informada de todo.
—Sí, sí, por supuesto —asintió César, haciendo una rápida reverencia antes de correr detrás de su jefe.
Abajo, entre empujones y jaloneos, Alana sentía que las fuerzas la abandonaban. El mundo a su alrededor comenzaba a dar vueltas violentamente.
De pronto, una fuerza abrumadora la agarró por el hombro y tiró de ella hacia atrás, obligándola a soltar a Axel.
Abrió los ojos de par en par y, al girar la cabeza, chocó de lleno contra el pecho de Lisandro.
Los guardias de seguridad irrumpieron por todas partes, tomando el control absoluto de la situación.

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