El señor Castillo sonrió con evidente temor reverencial y se dirigió a Alana:
—El ministro Lozano es un hombre muy ocupado, lo correcto es darle prioridad. Ya encontraremos otro momento para reunirnos.
Sin añadir más, dio media vuelta y se marchó a toda prisa.
Alana frunció el ceño al ver cómo el hombre huía casi despavorido. De repente, comprendió en carne propia el viejo dicho de que el ciudadano común no pelea con el rico, y el rico jamás se atreve a retar al poderoso.
Marcos, con una sonrisa impecable y profesional, volvió a hacerle un gesto para que subiera al auto.
Ella tomó una respiración profunda, rodeó el vehículo y entró con resignación.
Al cerrarse la puerta, la envolvió un aroma limpio y gélido, propio del invierno.
Consciente de que esa fragancia provenía de Caleb Lozano, se deslizó instintivamente hacia la ventanilla, intentando poner la mayor distancia posible entre ambos. Mantuvo la espalda completamente erguida y aferró con fuerza el bolso que descansaba sobre su regazo.
No se atrevía siquiera a mirarlo por el rabillo del ojo; se limitó a observar, rígida, las luces de la ciudad que pasaban fugazmente por el cristal.
Aunque el hombre a su lado no decía una palabra, ella sentía que debía respirar con cuidado, como si temiera romper el tenso equilibrio de aquel espacio confinado.
Un segundo después, movió ligeramente su bolso, deslizó la mano en su interior y buscó a tientas la función de emergencia de su teléfono, dejando el dedo listo para presionar en caso de necesitarlo.
Caleb tenía las largas piernas cruzadas con total naturalidad; una mano descansaba sobre su rodilla y los dedos largos y elegantes caían ligeramente flexionados. El cristal de su reloj lanzaba destellos metálicos en la penumbra.
Él giró la cabeza, posando su mirada serena sobre el perfil tenso de la mujer, y con una voz profunda preguntó:
—¿Tanto miedo me tienes?
El corazón de Alana dio un salto y sintió que las orejas le ardían. Sin apartar la vista de las luces en movimiento, tartamudeó un par de sílabas antes de responder:
—No...
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Caleb. Con un tono que denotaba aburrimiento, continuó:
—Respira profundo y cálmate primero. Si no, cuando conteste la operadora de emergencias, con ese tartamudeo, ¿crees que te van a entender?
Al escuchar eso, ella giró la cabeza de golpe, con el ceño fruncido, estupefacta ante la arrogancia del hombre.

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