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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 12

Eliana tenía una expresión llena de sarcasmo mientras recitaba, palabra por palabra, lo que estaba escrito en la carta de amor.

—Nelson, siempre te he estado observando desde atrás, ¿podrías voltearte a verme, aunque sea una vez?

A medida que Eliana leía, el puño de Gisela se apretaba cada vez más. Esa carta sí la había escrito ella, pero antes de que todo cambiara en su vida, antes de que renaciera y cuando todavía albergaba ilusiones absurdas sobre Nelson.

Sin embargo, ella siempre había sido cuidadosa, nunca habría dejado la carta a la vista, mucho menos ponerla en el cuarto de Nelson. Solo había una explicación: alguien había robado la carta y la había dejado ahí a propósito. Tal vez Eliana, tal vez Romina.

—Ya basta.

La voz de Nelson sonó baja, ronca y cargada de enojo. Sus ojos mostraban una dureza y una indiferencia que casi parecían un muro infranqueable.

—No quiero seguir escuchando.

Eliana se calló de inmediato, con una mueca de desprecio. Le aventó la carta a Gisela como si le diera asco tocarla.

Incluso ahora, que Gisela había vivido una segunda oportunidad, no pudo evitar estremecerse ante la mirada de Nelson. Por dentro, sentía como si un balde de agua helada le recorriera todo el cuerpo.

—Gisela, será mejor que me des una buena explicación —exigió Nelson.

De pronto, Romina tiró suavemente del brazo de Nelson y adoptó un tono conciliador.

—Señorita Gisela es solo una niña. Nelson, no tienes por qué enojarte ni hacer esto más grande.

Romina la miró con una expresión que parecía casi compasiva.

—Aunque sí creo que deberíamos enseñarle a concentrarse en sus estudios, en vez de distraerse con cosas que no le convienen.

Nelson volvió a dirigirle una mirada dura a Gisela.

—Te lo advertí muchas veces: no me pongas tus pensamientos sucios encima, no te aproveches de la situación.

Gisela respiró hondo.

—Yo no puse la carta en tu cuarto, alguien más lo hizo —contestó, firme.

Eliana soltó una carcajada.

—¿Alguien más? Por favor, nadie más sería tan descarada como tú, ni haría algo así solo para separarme de mi hermano y Romina.

Nelson pareció querer detenerla, como si fuera a decir algo.

—Gisela...

—Solo una cosa más, Nelson. Desde hoy, voy a trazar un límite claro entre nosotros.

Después de decirlo, se inclinó hacia él para recalcar su decisión. No vio la expresión de sorpresa que cruzó fugazmente por los ojos de Nelson, ni cómo apretó los labios, como conteniendo algo.

Cuando se enderezó, notó que Romina y Eliana ya no estaban. Ni siquiera se había dado cuenta en qué momento se habían ido. Ahora, solo quedaban ella y Nelson en la habitación.

Sintió cómo el corazón le latía con fuerza.

Fue hasta ese instante que entendió todo el juego sucio detrás de la situación.

De repente, Gisela se giró y escuchó el portazo que resonó en el cuarto, dejándolos sumidos en un silencio incómodo.

Sin pensar, corrió hacia la puerta, girando la perilla con desesperación, intentando abrirla con todas sus fuerzas.

Pero después de un par de intentos, la perilla se zafó y quedó en su mano, como si fuera un mal augurio.

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