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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 13

El picaporte volvió a descomponerse.

Exactamente igual que en la vida anterior.

El corazón de Gisela latía con tanta fuerza que parecía que en cualquier momento se le saldría del pecho.

Detrás de ella, la respiración de Nelson se hacía cada vez más pesada, casi como si tuviera un animal agazapado a sus espaldas.

No podía negarlo: Romina había calculado el tiempo con una precisión aterradora.

La medicina que Nelson había ingerido comenzaba a hacer efecto.

Gisela solo pudo agradecer que había sido clara con él y que, además, había logrado vomitar todo el jugo que tenía en el estómago.

Se volvió y se apoyó contra la puerta, observando a Nelson con recelo.

Nelson estaba sentado al borde de la cama, con ambas manos sobre la frente. Las orejas se le habían puesto rojas, la respiración era cada vez más agitada, y luchaba con todo su ser por no sucumbir a los efectos de la droga.

Gisela apretó los labios y sujetó el picaporte con fuerza.

Tenía un plan: si Nelson se le echaba encima, usaría el picaporte como arma y le daría un buen golpe.

—Nelson, la puerta se atascó y no abre. Pronto vendrá alguien a ayudarnos, solo cálmate —le advirtió, con voz seria.

Nelson, jadeando, levantó la mirada. Frunció el entrecejo; sus ojos, negros y alargados, se veían inyectados de sangre. Mantenía la boca cerrada en una línea tensa y la voz le salió áspera, casi irreconocible.

—¿Sabías que me pusieron algo en la bebida?

La desconfianza en la mirada de Nelson era demasiado evidente; a Gisela le molestó tener que soportarla.

—En vez de estarme viendo así, ¿por qué no empiezas a sospechar de Romina, que fue quien te dio el jugo? —replicó, sin apartar la vista.

Nelson la miraba fijo, con los ojos encendidos. Las venas de la frente se le marcaban como si estuviera a punto de perder el control, como un animal salvaje enjaulado.

El corazón de Gisela latía aún más rápido y los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretar el picaporte.

Pasaron unos segundos que parecieron eternos. Al final, Nelson bajó la cabeza y se enredó los dedos en el cabello. Los tendones de sus manos sobresalían, tensos de tanto resistirse.

Gisela no lograba estar tranquila.

Sabía perfectamente que lo que Romina había puesto en el jugo era fuerte, que ni siquiera alguien con la voluntad de Nelson podría resistirse por mucho tiempo.

Solo le quedaba rezar para que Romina llegara pronto con ayuda.

El tiempo avanzaba, pesado. Nelson no reaccionaba, solo se mantenía en silencio.

Gisela, al ver que todo seguía en calma, soltó un suspiro y tosió suavemente.

Apretó los dientes y le soltó una patada en el estómago.

Nelson soltó un gruñido de dolor. Gisela, ágil como una lagartija, consiguió escabullirse y corrió hacia el baño.

Cuando puso la mano en el picaporte, Nelson la alcanzó por detrás, empujándola contra la puerta.

Sintió cómo las manos de Nelson recorrían su cintura. Con los dientes apretados, le gritó:

—¡Nelson, reacciona, por favor!

La voz de Nelson le llegó ronca y baja, el calor de su aliento le rozaba la mejilla. Sus manos, firmes, no la dejaban moverse.

—¿Por qué huyes? —murmuró con ese tono grave, casi animal.

Gisela, temblando, lo miró por el rabillo del ojo.

—Nelson, ¿sabes quién soy? ¡No soy Romina, despierta ya!

La mejilla ardiente de Nelson se pegó a la suya, y con voz entrecortada, musitó:

—¿Romina...?

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