Delia suspiró y dijo:
—Te lo digo en serio, mira que la familia Tovar tiene un montón de dinero, pero nunca imaginé que fueran capaces de tantas cosas. Al final, los líos y enredos de los ricos son algo que no alcanzo a entender.
Mientras lo decía, le dio unas palmadas en el hombro a Gisela, con una mezcla de alivio y broma.
—Menos mal que te saliste de ahí. Si no, hasta pensaría que Nelson te traía como su amante.
Las palabras de Delia se repitieron en la mente de Gisela, haciéndola quedarse unos segundos en blanco. Después, no pudo evitar reírse.
—¿En qué cabeza cabe eso? Eso jamás podría pasar.
En su vida pasada, antes de que Nelson y Romina volvieran a estar juntos, sí había sido durante un tiempo la amante secreta de Nelson. Pero, después de que ellos se reconciliaron, Nelson cortó cualquier lazo con ella. Apenas si lo veía una o dos veces al año, a tal grado que casi se le olvidaba cómo era.
Ahora, Nelson y Romina estaban por comprometerse oficialmente; ni de chiste podía haber algo más entre ellos.
—Estás buscando donde no hay, Delia. Eso no va a pasar —afirmó Gisela.
Delia levantó el dedo índice y, con aire misterioso, lo agitó frente a ella.
—Pues yo no estoy tan segura.
Gisela arqueó una ceja, intrigada.
—¿A qué te refieres? ¿Qué piensas tú?
Delia negó con la cabeza, con una expresión seria.
—Mira, da igual. Solo aléjate de Nelson, no dejes que te vuelvan a lastimar.
A Gisela no le apetecía seguir dándole vueltas al tema de Nelson. Asintió mecánicamente:
—Créeme, llevo rato intentando mantenerme lo más lejos posible.
La plática continuó ligera, y sin que se dieran cuenta, la mañana se fue volando.



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