—Deja de mirarme así, ten cuidado, seguro que la señorita Romina está a punto de desmayarse por el calor otra vez —soltó Gisela, con una media sonrisa traviesa.
Luego le guiñó el ojo a Romina.
—¿Verdad que sí, señorita Romina? ¿O me equivoco?
El color en la cara de Romina pasó de azul a morado, y luego otra vez a azul.
Vaya espectáculo.
...
De regreso a casa, como era de esperarse, Gisela recibió los archivos que Sara le mandó.
En cuanto los tuvo, los llenó rápido y se los devolvió a Sara.
Delia, sentada a su lado, la miró con curiosidad.
—¿Y ustedes cuándo compiten?
—El próximo mes —respondió Gisela.
—¿Tan pronto? ¿Te va a dar tiempo de practicar lo suficiente? —preguntó Delia, sorprendida.
La mano de Gisela se detuvo un segundo antes de contestar, con voz baja:
—Sí, sí me da tiempo.
En la vida anterior, durante esos años tan duros, ni siquiera tenía un piano. No podía comprar uno y mucho menos pagarle clases a su hija. Solo le quedaba usar el celular viejo para reproducir piezas de piano, y luego dibujar las teclas en el suelo, inventando un piano de mentiras.
Después, con la música sonando desde el celular, fingía tocar el piano para su hija, como si de verdad estuviera en un escenario.
Su niña siempre fue tan inocente y dulce, que incluso con esas carencias y ese truco tan obvio, no dejaba de reír y aplaudirle con todas sus fuerzas, con esa risa que llenaba el cuarto de alegría.
En aquellos días, practicar en el suelo, tocando ese “piano” dibujado y enseñándole a su hija era lo único que la distraía un poco de la tristeza.
Practicó tanto, tanto, que en el piso quedaron marcas, pequeños hoyos, por el uso constante.
Hasta el día de hoy, recordaba cómo sus dedos terminaron llenos de callos duros por frotarse contra el suelo, tan distintos a sus manos suaves de ahora.
Delia asintió.
—En la escuela hay un piano, tal vez puedas pedirlo prestado para ensayar.
Gisela sonrió.
—Eres muy considerada.

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