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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 184

En ese momento, casi todos se habían reunido en la entrada del salón de fiestas. Nadie quedaba ya cerca de la puerta del cuarto de descanso.

Eso significaba que Gisela tenía tiempo y espacio suficientes para escabullirse por la ventana otra vez si lo necesitaba.

No lo dudó ni un segundo. Decidida, dio media vuelta y se dirigió hacia la salida.

Detrás de ella, Eliana gritó con rabia:

—¡Gisela! ¡Vas a pagarlo!

Gisela la ignoró y llegó a la puerta. Extendió la mano para tomar la manija.

Pero justo antes de tocarla, la puerta se abrió desde afuera de golpe.

Gisela retrocedió, sorprendida. La rendija se fue ampliando poco a poco.

Sus ojos se abrieron en asombro.

Afuera, Nelson y Romina estaban de pie, muy juntos, con los brazos entrelazados. Detrás de ellos, se hallaba el resto de los invitados, todos los que en ese momento debían estar en el salón.

Gisela frunció el ceño apenas.

Romina la vio y, tras quedarse atónita unos segundos, bajó la voz como si le preocupara que otros escucharan.

—Gisela, pensé que ya te habías ido. ¿Por qué sigues aquí?

La voz de Romina era lo suficientemente baja, pero todos la escucharon con claridad, especialmente Arturo, quien nunca permitía que Gisela participara en las fiestas.

Arturo se adelantó, su expresión dura.

—Gisela, ¿qué haces aquí?

—Eso, ¿qué hace aquí? Según recuerdo, Gisela no tenía invitación. ¿Cómo entró?

—Todo el mundo sabe que le gusta el señor Nelson; de seguro vino a molestarlo, sin que la invitaran.

—Por suerte está aquí la señorita Romina, si no, esta habría aprovechado la ocasión.

El rostro de Arturo se endureció aún más.

—¿Gisela, qué es esa facha? ¡Fuera de aquí! No vengas a hacer el ridículo.

Para asustar a Eliana, Gisela se había puesto un vestido blanco, ancho y arrugado, que había sacado del fondo del armario. Además, desordenó su cabello a propósito, así que de pies a cabeza parecía un desastre. Rodeada por elegantes invitados, la diferencia era abismal.

Romina apretó los labios, fingiendo preocupación.

Nelson mantenía el semblante tan indiferente como de costumbre, como si nada de esto tuviera que ver con él.

No decía nada, ni a favor ni en contra. Al no oponerse, era como si diera su aprobación.

Su mano descansaba en el hombro de Romina, en un gesto protector.

Romina, en sus brazos, bajaba la cabeza, fingiendo timidez y preocupación, actuando el papel de la buena prometida.

De pronto, Eliana salió corriendo del cuarto de descanso, sollozando y echándose encima de Arturo.

—¡Abuelo! ¡Gisela me hizo daño!

Apenas Eliana habló, las miradas hacia Gisela se volvieron aún más severas.

—Esa Gisela, ¿todavía se atreve a meterse con la verdadera señorita Tovar? No tiene vergüenza, ni sentido común.

—Exacto, la señorita Eliana es alguien a quien todos respetamos. Y Gisela, que apenas es hija del chofer, ¿cómo se atreve a hacerle algo? No piensa.

Eliana abrazaba el brazo de Arturo, llorando con todas sus fuerzas.

—Gisela me asustó, fingió cosas para espantarme. ¡Abuelo, me dio mucho miedo! ¡Tienes que defenderme, hazle lo mismo a ella!

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