¿Ese no era el hombre que le había quitado a Romina, el que la tenía tan enamorada? Pero Nelson no supo valorarla y seguía enredado con Gisela, haciendo que Romina sufriera de lo lindo. Incluso estando embarazada, ni siquiera se habían comprometido, vaya falta de responsabilidad y compromiso.
Sin embargo, la furia de Nelson era evidente.
Sus ojos oscuros, cargados de una presión abrumadora, se posaron en la mano de Saúl, que todavía sujetaba la muñeca de Romina. Su mirada filosa era tan intensa que cualquiera pensaría que quería arrancarle la mano de un tajo.
A Saúl no le importó el enojo de Nelson, de hecho, apretó con más fuerza la muñeca de Romina.
Siempre recordaría que, la primera vez que se atrevió a confesarle sus sentimientos a Romina, Nelson la había apartado de su lado.
Con una sonrisa ambigua, soltó:
—Señor Nelson, cuánto tiempo sin vernos.
Nelson lo observó con intensidad durante unos segundos, para después acercarse con paso firme.
En ese momento, Romina retiró la mano de Saúl y, dándose vuelta, le dedicó a Nelson una sonrisa dulce y suave, la cual él jamás había visto en su vida.
—Nelson, Saúl acaba de regresar del extranjero. Creo que desde que se fue después de graduarse de la prepa, ustedes no se han vuelto a ver, ¿verdad?
Saúl miró su mano vacía y sintió un desagradable vacío en el pecho.
En un abrir y cerrar de ojos, Nelson ya estaba parado frente a ellos.
Con voz grave, le preguntó:
—Doctor Saúl, ¿cuándo volviste del extranjero?
Saúl esbozó una sonrisa, aparentando total tranquilidad:
—Apenas llegué. Me puse a platicar con Romina y se me olvidó que también estabas aquí, señor Nelson.
Nelson apenas iba a contestar cuando, de pronto, se escuchó el sonido fluido de un piano.
Gisela apareció en el escenario. Los participantes que ya habían terminado y los jueces llenaban el auditorio.
Gisela escaneó la sala con serenidad. Notó que el asiento del centro en la segunda fila estaba vacío; seguramente ahí deberían estar Nelson y Romina.
Retiró la mirada y se inclinó en señal de respeto.
Sara, una de las jueces, le sonrió desde la mesa de evaluación.
—Gisela, puedes comenzar.
Gisela no quería sobresalir en esta primera ronda. Solo aspiraba a llegar a la final sin llamar demasiado la atención, apuntando a un resultado intermedio, ni muy alto ni muy bajo.
Por eso, eligió una pieza sencilla, imposible de arruinar.
Se sentó en la banqueta y apoyó los dedos sobre las teclas, sin notar nada extraño.
Sin embargo, tan pronto comenzó a tocar, en medio de la melodía escuchó un ruido raro.
Desde el primer momento lo notó, pero como la competencia ya había empezado, solo esperaba que el ruido se desvaneciera y nadie más, sobre todo los jueces, lo notara.
Pero lejos de disminuir, el ruido se volvió cada vez más evidente.
El murmullo del público fue creciendo, hasta que a Gisela le resultó imposible ignorarlo.
Incluso, al presionar una tecla, el zumbido casi tapó el sonido del piano.
Al final, Gisela detuvo sus manos.
Los demás concursantes, desde el público, estiraban el cuello para tratar de averiguar qué pasaba. Los susurros y cuchicheos no paraban ni un segundo.
El tiempo pasaba y, como era de esperarse, las voces desagradables empezaron a colarse entre la multitud.
—¿Por qué el piano solo falla con Gisela? ¿No será que ella es la del problema? Si no sabe tocar, que no le eche la culpa al piano.
—Sí, cuando yo lo usé no pasó nada, pero justo cuando le toca a Gisela, resulta que se descompone. Qué raro, seguro que es su culpa.
—¿Y ahora qué esperan? Ya quiero ver los resultados, llevamos un buen rato aquí. Gisela ni siquiera va a pasar a la siguiente ronda, no entiendo para qué tanta consideración.
Desde el escenario, Gisela escuchó perfectamente cada comentario, pero no reaccionó.
Los jueces revisaron el piano durante varios minutos, pero todo apuntaba a que no podrían arreglarlo tan rápido.
No importaba.
Todavía quedaba otro piano en el recinto, aunque no era tan bueno como ese.
Al oír la sugerencia, Sara negó de inmediato.
—No, ese piano no tiene el mismo nivel. Si lo usas, tu calificación no será la misma. No sería justo para ti.
Gisela, con la misma calma de siempre, contestó:
—No se preocupe, profesora. Yo puedo usar ese piano.
Sara quiso insistir, pero Gisela continuó:
—Profesora, además de eso...

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