Sara arrugó la frente, mostrando su preocupación.
—Esto no puede ser. Lo más importante en Sinfonía del Mar es la justicia. Voy a solicitar al comité que reparen primero el piano y luego permitiremos que participes en la competencia.
Apenas terminó de hablar, enseguida se alzaron voces de desacuerdo tanto en la mesa de los jueces como entre los participantes.
Uno de los jueces se apresuró a replicar:
—No se puede. El tiempo de las eliminatorias está establecido y no debe haber cambios. Si dejamos que Gisela espere para competir, estaríamos siendo injustos con los demás.
Varios concursantes alzaron la voz desde sus asientos:
—Exacto, no es justo. Todos llevamos rato esperando los resultados. ¿Ahora tenemos que esperar aún más por ella? ¡Ya estamos hartos de tanto esperar!
—Siempre es Gisela, ¿por qué cada vez que hay un problema es por su culpa?
Las protestas crecieron, volviéndose cada vez más ruidosas y molestas. Sara, con el ceño aún más marcado, miró a Gisela.
—Gisela, vamos a investigar a fondo lo que pasó, no voy a permitir que te traten injustamente.
Respiró hondo, se giró hacia todos y alzó la voz con autoridad.
—Soy la jueza principal. El reglamento del comité me da la facultad de decidir si se retrasa el turno de Gisela...
—Maestra Sara.
Gisela la interrumpió con serenidad.
Sara la miró, su tono firme.
—Gisela, puedes estar tranquila. Yo me aseguraré que todo sea justo, no permitiré que te perjudiquen por esto.
Gisela negó suavemente.
—No se preocupe, maestra Sara. Sé que lo hace por mi bien, pero la verdad no importa.
—Puedo usar otro piano para mi presentación, así no retraso a nadie.
Sara no estuvo de acuerdo con su propuesta.
—Gisela, no es necesario ponerte en esa posición. Tú sabes que en una competencia así hay que ser cuidadoso, valorar las oportunidades. No rechaces mi ayuda tan rápido.

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