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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 206

Gisela curvó los labios en una sonrisa y asintió con la cabeza.

La mujer al instante se sintió un poco incómoda, mordió su labio, pero enseguida levantó la barbilla con orgullo y también asintió.

Gisela soltó una risa leve y se dio la vuelta.

Apenas había dado un paso cuando la voz de Saúl resonó a su lado.

—Señorita Gisela, ¿a dónde va?

Gisela no se detuvo, pero Saúl insistió:

—Tengo un asunto que quiero platicar con usted.

Gisela siguió sin responderle.

Salió del restaurante, dejando a Saúl atrás.

—¿Acaso tiene algo tan urgente que ni siquiera puede prestarme unos minutos? —insistió Saúl.

Gisela continuó ignorándolo.

La sonrisa desenfadada de Saúl desapareció de golpe, su mirada se tornó oscura mientras observaba la silueta de Gisela alejarse sin la menor intención de voltear.

Avanzó a grandes zancadas y, de pronto, sujetó con fuerza la muñeca de Gisela, jalándola bruscamente hasta lanzarla contra la pared.

Gisela vio destellos, el mundo giró en un torbellino. Cerró los ojos, sintiendo cómo la espalda y la parte trasera de su cabeza chocaban contra el muro, y por un instante todo se volvió blanco.

Aún sin abrir los ojos, escuchó la risa de Saúl junto a su oído.

Gisela los abrió de golpe y levantó la mano.

—¡Paf!—

Descargó toda su fuerza en la cachetada, sintiendo cómo le hormigueaba la palma y el brazo entero.

La cabeza de Saúl se volvió hacia un lado por el golpe, su cara quedó sumida en las sombras, imposible de leer.

Pero Gisela vio claramente cómo en la mejilla de Saúl aparecía la marca de su mano, roja y nítida.

Bajó la mano y habló con voz cortante:

—Todavía no voy a buscarte y resulta que tú vienes a buscarme.

Saúl tardó un momento en levantar la mirada.

Sus ojos reflejaban rabia contenida, clavados en Gisela, y habló con voz tensa:

—¿Te atreviste a pegarme, Gisela?

Gisela levantó la comisura de los labios con sarcasmo:

—¿Qué pasa? ¿Te dolió el orgullo?

Se le escapó una risa desdeñosa.

—Si quieres, puedo darte otra.

—Lamebotas.

El rostro de Saúl se tensó de inmediato.

—Gisela, veo que de verdad no tienes…

Antes de que pudiera terminar, Gisela lo empujó con fuerza, tomándolo por sorpresa. Saúl perdió el equilibrio y dio varios pasos hacia atrás.

Sin perder tiempo, Gisela avanzó y lo agarró por el cuello de la camisa, obligándolo a caminar en sentido contrario.

Por un momento, Saúl no pudo soltarse y tuvo que dejarse arrastrar.

—¿A dónde piensas llevarme, Gisela?

Gisela abrió de una patada la puerta del salón donde se celebraba el concurso y se detuvo en la última fila de las gradas, mirando el piano al centro del escenario.

Saúl se quedó detrás de ella, entrecerrando los ojos.

Gisela, de espaldas, no dejó ver su expresión. Solo se escuchó su voz, serena como un lago sin viento.

—¿Por qué crees que el piano se descompuso? Pensé mucho tiempo y no entendía cómo era posible que todos lo usaran sin problema, pero justo cuando me tocó a mí, algo falló.

Saúl se quedó inmóvil, sus ojos se oscurecieron.

—Después lo pensé mejor y todo cuadró: no fuiste tú quien lo hizo, sino alguien a quien tú le pediste el favor.

El rostro de Saúl cambió de color.

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