Ese tono tan familiar…
La sonrisa en el rostro de Gisela se fue apagando poco a poco. Terminó por apartar la mirada, incómoda.
Nelson igual insistió y empujó el amuleto a las manos de la anciana.
—No lo voy a comprar, mejor lléveselo usted.
La anciana apretó el amuleto entre sus manos, observando a Nelson con desconfianza.
—No me lo llevo, ya lo tocaste, la protección ya está contigo. Ahora aunque se lo des a otro, no sirve. Lo tienes que comprar sí o sí.
Nelson no se inmutó.
—Entonces lo tiro.
Diciendo eso, de verdad hizo el ademán de arrojar el amuleto a la basura.
La anciana se alarmó, se abalanzó y le arrebató el amuleto de las manos.
—¿Qué te pasa? Dámelo.
Nelson se quedó con la mano vacía y la retiró con calma.
Al ver que no lograría sacarle dinero a Nelson, Gisela frunció los labios y desvió la mirada, resignada.
La anciana, con el amuleto de vuelta en sus manos, le dio unas palmadas como si le doliera desprenderse de él, luego miró a Nelson con molestia.
—Muchacho, tan guapo y tan mala persona, ¿qué te pasa? Si no quieres comprarlo, pues no lo compres, ¿pero para qué lo tiras? ¿No tienes educación o qué?
Gisela no pudo evitar asentir por dentro.
Sí, eso, dígale más, regáñelo.
La anciana resopló furiosa y le soltó otra tanda.
—Ni te imaginas lo que te estás perdiendo.
—Este amuleto te lo podías quedar para ti o regalárselo a alguien. Mientras lo compres de corazón y lo des sinceramente, su poder se duplica, y la persona a la que se lo regales se va a recuperar rapidísimo.
—Ustedes no saben reconocer lo bueno. Ya ni para qué pierdo el tiempo con ustedes.
Gisela arqueó una ceja y bajó la cabeza, soltando una risa contenida.
Pero para sorpresa de todos, Nelson preguntó:
—¿Que el efecto se duplica?
La mirada de la anciana brilló con astucia.
—Claro, sobre todo si se lo das a la persona que más quieres en el mundo. El poder se multiplica varias veces. Te aseguro que en menos de tres días, esa persona ya está sana.
Nelson guardó silencio, pensativo.
Gisela lo miró de reojo, con sospecha.
Nelson tenía la mirada oscura, profunda, con los labios apretados. Se quedó observando el amuleto en manos de la anciana, perdido en sus pensamientos.
La anciana, al notar el cambio, de inmediato cambió el semblante. Se le dibujó una sonrisa zalamera.
—Señor, le juro que todo lo que digo es verdad. ¿Por qué no lo piensa de nuevo?
Sus ojos buscaron a Gisela, que sintió un escalofrío ante la intensidad de la mirada de la anciana.
Y como era de esperarse, la mujer dijo:
—Esta jovencita debe ser su novia, ¿verdad? Tan bonita, qué triste que esté internada.
Mientras hablaba, la anciana miraba con lástima la bata de hospital de Gisela.
—Mire, señor, cómprelo y déselo. Ya verá cómo se recupera rapidísimo.
A Gisela casi se le erizaba la piel. Estuvo a punto de aclarar que no era la novia de Nelson, pero él la interrumpió con un tono tranquilo:
—Está bien, lo compro.
La expresión de Gisela se congeló por un instante.
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