Nelson no contestó. En lugar de eso, se acercó, volvió a acomodar la bufanda que Romina tenía medio desatada y la envolvió cuidadosamente alrededor de su cuello. Después, subió la manta que cubría las piernas de Romina y la acomodó bien sobre sus rodillas.
Cuando terminó con estos pequeños cuidados, Nelson se irguió. Su voz profunda y serena llenó el aire.
—Bien, te llevo arriba.
Romina le regaló una sonrisa leve, sintiendo que la satisfacción le llenaba el pecho.
...
Por otro lado, Gisela jamás se imaginó que Nelson regresaría tan pronto, y mucho menos que sería tan sencillo para él encontrarla.
En ese momento, una anciana se le atravesó en el camino. Tenía en sus manos una ristra de amuletos que parecían de protección, y sin darle oportunidad de reaccionar, le metió uno a la fuerza en la mano.
Gisela levantó la mano y frunció el entrecejo, lista para rechazarla.
—No, gracias, no lo necesito.
La anciana le sonrió de manera empalagosa y empezó a hablar rápido, con ese tono insistente de quien está acostumbrada a vender en la calle.
—Señorita, esto es buenísimo. Si se lo das a un enfermo, se va a curar pronto. Y si lo compras para ti, también te ayuda a sanar. Mira, ya mucha gente me ha comprado, y de verdad funciona, ¿por qué no te llevas uno para probar? No pierdes nada.
—Solo cuesta cien pesos, no es caro. Además, mira tu cara, estás muy pálida, seguro andas enferma. Hazme caso, llévate uno, si no sirve no te cobro.
Gisela no era ingenua. No iba a dejarse engañar por esas promesas milagrosas de amuletos que curan cualquier cosa.
Retrocedió un par de pasos, poniendo distancia entre ella y la anciana.
—No, de verdad, no me interesa.
Pero la señora insistía, empujando el amuleto hacia su mano.
—Sí te interesa, sí te interesa, te lo juro que sirve, señorita, llévate uno, si no te funciona no me pagas.
Sin darse cuenta, Gisela ya tenía el amuleto en la mano. Frunció el ceño con más fuerza.
—Le digo que yo no...
—Déjame verlo.
La voz grave de Nelson sonó justo detrás de ella, tan cerca que Gisela sintió que él podía escuchar hasta su respiración. La mano de Nelson se estiró por detrás, tomando el amuleto que la anciana le había puesto en la palma, sosteniéndolo entre sus dedos largos y firmes.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza