En el fondo, Gisela sabía perfectamente que, aunque las cámaras hubieran captado a Romina empujándola a la piscina, probablemente no le pasaría nada a Romina.
En su vida anterior, Romina había cometido demasiadas acciones malas. No todas lograba ocultarlas, pero siempre había un par de incidentes que salían a la luz.
Nelson, junto con otros más, se daban cuenta de lo que hacía Romina, pero jamás decían nada. Al contrario, parecían comprenderla.
Cuando Gisela había sido drogada y casi un vagabundo la había atacado, Saúl había dicho:
—Si no hubieras tratado así a Romina antes, ¿crees que ella se hubiera animado a hacerte esto? Te lo buscaste tú sola. En todo caso, Romina solo se defendió.
Los padres de Nelson habían añadido:
—Hasta una chica tan noble como Romina fue llevada al límite por ti. Imagínate lo que tuviste que hacerle. No esperes que Romina te pida perdón, al contrario, eres tú quien debería disculparse con ella.
Por su parte, Nelson solía decir:
—Aléjate de Romina, que no tenga que seguir preocupándose por ti.
A pesar de todas las cosas terribles que Romina había hecho, para Nelson siempre era ella la que se preocupaba por los demás.
Gisela ya entendía que, si no era capaz de fortalecerse, de nada le serviría tener pruebas de los errores de Romina. Nadie le creería. Todos los que rodeaban a Romina la protegerían, sin importar la verdad.
Cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo las emociones la golpeaban una tras otra, imposibles de controlar.
Cuando volvió a abrirlos, vio una mano frente a ella, sosteniendo una manzana pelada. La manzana se balanceó delante de sus ojos.
Siguió el movimiento del brazo hasta encontrarse con el rostro de una mujer de mediana edad, que le ofrecía una sonrisa amplia y luminosa. Sin darle opción, la mujer puso la manzana en sus manos.
—Ándale, come, come.
Gisela se quedó pasmada y trató de rechazar la manzana varias veces.
—No hace falta, ustedes cómanla, de verdad.
La mujer insistió, acercándole la fruta de nuevo.
—No te preocupes, cómetela sin miedo, es para ti.
Al ver que la mujer no cedía, Gisela se sentó en la cama, bajó la mirada y sostuvo la manzana.
—Gracias —susurró.
La mujer le dio unas palmaditas en el hombro y sonrió.
—Por tan poco, no te desanimes, échale ganas. Sonríe más, ya verás que así todo mejora.
Gisela forzó una sonrisa, estirando los labios torpemente.
—Gracias.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza