Saúl era un experto en moverse entre bandos y sacar provecho de cualquier situación. En menos de media hora, ya se había enterado de lo que Gisela había hecho.
Arrugó la frente, mostrando un gesto de desagrado, y apretó los labios.
Con esa jugada, Gisela había puesto a Romina en una posición muy complicada.
Saúl ni siquiera necesitaba pensar demasiado para imaginarse cómo ese grupo de personas hablaría a espaldas de Romina.
Y, además, Romina era una de las favoritas para ganar Sinfonía del Mar. ¿Acaso alguno de esos concursantes no se creía superior? Era imposible que de verdad la respetaran; siempre iba a haber gente con doble cara.
Romina lo notó y, esbozando una sonrisa ligera, le preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Quién te hizo enojar ahora?
Saúl respondió con voz grave:
—Enfócate en prepararte para el concurso, no te preocupes por lo demás. Nelson y yo nos encargamos de todo.
Romina, con voz suave, insistió:
—¿Pasó algo?
Saúl guardó silencio unos segundos. Sus ojos reflejaron un brillo sombrío.
—No es nada.
Agregó, bajando la mirada:
—Solo pensaba que, si Gisela tuviera aunque fuera una décima parte de tu bondad, no estaría metida en este tipo de problemas.
Romina apretó los labios y contestó con dulzura:
—Gisela todavía es joven. Con el tiempo va a madurar.
Saúl negó con la cabeza, sin responderle.
En su mente, comparaba los caminos de ambas. A la edad de Gisela, Romina ya era reconocida como una prodigio del piano, tenía asegurada una beca para estudiar fuera del país y caía bien a todos. Adultos, jóvenes, niños... quien la conocía, terminaba por apreciarla.
En cambio, Gisela solo había logrado una mala reputación, mal carácter y pésimas relaciones con los demás. Ni en talento ni en trato con la gente podía igualar a Romina, pero aun así se empeñaba en competir con ella.
Saúl, jugueteando con los dedos, mostraba cada vez más su fastidio y molestia.

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