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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 239

Antes de irse, Saúl se detuvo y dijo con voz grave:

—Romina, tú solo prepárate para la competencia. Yo me encargo de todo.

De espaldas a Saúl, Romina asintió con suavidad:

—Confío en ti.

La puerta del cuarto se cerró tras él.

Romina se limpió las lágrimas y, en sus labios, apareció una sonrisa cargada de significado.

...

Esa misma noche, Gisela escuchó voces alteradas afuera de su habitación. Gritos, risas y peleas que no dejaban a nadie en paz.

Molesta por el alboroto, Gisela arrojó el bolígrafo sobre la mesa y salió dando un portazo.

Afuera, una multitud de concursantes y empleados del hotel bloqueaba la puerta de Gisela, dándole la espalda y murmurando sin parar.

La gente se apretujaba tanto que Gisela solo alcanzaba a ver las espaldas y hombros de los demás. No podía distinguir lo que sucedía en el centro de la multitud, apenas le llegaban fragmentos de gritos y lamentos.

—¡Ya no me peguen, por favor! ¡Mañana tengo que competir, no pueden lastimarme la mano!

—Señor Saúl, fui yo quien habló de más. Le pedimos disculpas a la señorita Romina, se lo suplicamos, no nos pegue más.

El bullicio era tal que Gisela no lograba descifrar bien la situación, hasta que escuchó las voces de quienes la rodeaban.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué Saúl se puso así de repente y empezó a golpear?

—Dicen que unos estuvieron hablando mal de Romina a sus espaldas, y justo Saúl los escuchó. Se enojó y los puso en su lugar.

—¿Pero qué dijeron? ¿No será por el asunto de la piscina?

—Eso dicen.

Gisela arrugó el ceño y empujó a la multitud para abrirse paso.

Entre la multitud, alguien protestó:

—Aunque seas el inversionista, no puedes pasarte de la raya. ¿Y si ellos ni siquiera dijeron nada grave? ¿No temes que los organizadores se pongan de nuestro lado? ¿O que llamemos a la policía?

Saúl soltó una risa baja y oscura:

—Háganlo, llamen a la policía si quieren.

El otro se quedó sin palabras, como si pensara que Saúl había perdido la cabeza.

Saúl se acercó lentamente a Gisela, su sonrisa se volvió aún más marcada.

—Solo quiero que entiendan una cosa: en este mundo hay muchas cosas que no pueden comprender. Yo tengo el poder de callarles la boca tanto a ustedes como a los organizadores.

—Y justo ahora...

En ese instante, Saúl se movió tan rápido que Gisela casi no pudo seguirlo. Su mano grande se cerró sobre el cuello de Gisela, apretando con fuerza repentina.

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