Que Saúl tuviera carácter no significaba que ella no lo tuviera.
Por eso, todos abrieron los ojos de par en par, sorprendidos.
Gisela se puso de pie de un salto.
El movimiento fue tan inesperado que Saúl ni siquiera alcanzó a reaccionar.
—¡Paf!—
Gisela levantó la mano y le soltó una bofetada a Saúl, tan fuerte que el sonido retumbó en el aire.
El silencio reinó por completo, como si todos contuvieran el aliento.
Gisela no se guardó nada. Saúl giró la cabeza por el impacto, y en su mejilla se marcaron claramente los dedos de ella.
Sin darle tiempo a responder, Gisela lo sujetó del cuello de la camisa y lo obligó a agacharse hasta quedar casi a su altura.
La mirada de Gisela era aguda, tan cortante como un filo, y su voz retumbó en el pasillo.
—¿Qué pasa? ¿También notaron algo raro en el video de las cámaras, verdad? Por eso tienes tanto miedo de que lo muestre, te aterra que los demás vean lo mismo, ¿no es cierto?
Saúl apretó los dientes, giró la cabeza de golpe y la miró con un enojo que se notaba hasta en la piel.
—¡Gisela!
Pero Gisela no se detuvo. Le sostuvo la cabeza a Saúl y, sin pensarlo, estrelló su frente contra la de él.
Se escuchó el quejido ahogado de Saúl.
El golpe dolió, le hizo ver estrellitas, pero Gisela aguantó la punzada y no se detuvo.
—Saúl, escúchame bien. No me importa cuánto te preocupe Romina, pero a mí me importo yo.
—Si para ustedes Romina es inocente, entonces ¿qué problema hay en que enseñe el video? Si te pones tan nervioso, sólo logras que todos sospechen más. Mientras más quieras ocultar, más evidente lo haces.
—¿De verdad crees que puedes tapar el sol con un dedo?
Volvió a alzar la mano, pero esta vez Saúl la detuvo, sujetándole la muñeca con fuerza.
Gisela soltó una risa seca, y usando la otra mano —aprovechando que Saúl no la esperaba— le volvió a soltar una cachetada, tan fuerte como la primera.
—¡Paf!—

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