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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 242

Gisela levantó la cabeza despacio, observando cómo Sara, con el ceño fruncido y el semblante serio, cruzaba la multitud hasta llegar al centro del salón. Su mirada, tan aguda como una ráfaga de viento cortante, recorrió a todos los presentes, pero se detuvo especialmente en ella y en Saúl.

No era difícil notar las marcas rojas en el cuello de Gisela y la mejilla de Saúl. Bastaba con verlas para entender, sin necesidad de mayores explicaciones, de dónde venían esas huellas.

Sara apretó los labios, su voz sonó tan seria como su expresión.

—¿Alguien me puede explicar qué pasó aquí?

Antes de que Gisela pudiera responder, Saúl soltó una media sonrisa cargada de ironía:

—Señorita Sara, este asunto no es de su incumbencia.

La reacción de Sara fue inmediata. Su mirada se volvió aún más dura.

Saúl provenía de una familia poderosa, de esas que no solo tenían dinero, sino también contactos hasta en los hospitales más importantes. Aunque él se había hecho médico por elección propia, su familia ya le tenía preparado un puesto en el negocio farmacéutico, listo para el día en que él decidiera dejar los consultorios y regresar a casa como heredero. Tenía acciones, influencia y, para ser honestos, hasta los organizadores de la Sinfonía del Mar le debían un favor.

Gisela se mantuvo tranquila. Su voz salió firme, sin rastro de vacilación.

—Señorita Sara, de verdad, sería mejor que no se meta en esto.

Miró a Saúl directo a los ojos.

—Él está buscando problemas conmigo. No con nadie más.

Sara se tensó aún más, y luego volteó hacia Romina.

—Romina, explícate. Quiero saber qué ocurrió.

Romina tragó saliva. ¿Cómo iba a decirle la verdad? Si contaba lo que había pasado entre Saúl y Gisela, seguro terminaría embarrada en el asunto. Pero la mirada de Sara, tan directa y exigente, no le daba escapatoria. Bajó la vista, tratando de encontrar las palabras correctas.

—Señorita Sara, esto fue...—empezó a decir, titubeando.

Sin embargo, Saúl la tomó del brazo y la jaló tras de sí, interponiéndose entre ella y Sara.

—Esto no tiene nada que ver con ella —afirmó con voz seria.

Uno tras otro, todos parecían empeñados en no decir nada claro. El silencio se volvió espeso, y Sara sintió que el dolor de cabeza le aumentaba.

—¿Ya vieron la hora? Váyanse a descansar. Mañana temprano hay competencia, ¿o ya se les olvidó?

Saúl le lanzó a Gisela una mirada cargada de intenciones ocultas. Aunque quisiera defender a Romina, no podía pasar por alto que Sara era la jueza principal. Al final, dominó su molestia y se marchó, arrastrando a Romina consigo. Romina, antes de salir, se giró apresurada.

Sara arrugó la frente. Su voz salió cargada de preocupación.

—Saúl siempre ha sido arrogante, cree que nada ni nadie puede tocarlo. Será mejor que te mantengas lejos de él.

Ese consejo, tan directo, le dejó claro a Gisela que Sara sí se preocupaba por ella.

Bajó la mirada, asintiendo muy quedo.

—Lo entiendo.

Pero en el fondo sabía que, siendo solo una estudiante de preparatoria, no tenía manera de evitar a Saúl. Y, para complicar las cosas, había alguien más...

Sumida en pensamientos desordenados, Gisela alzó la vista y, de pronto, todo se detuvo.

Frente a ella, observándola en silencio, estaba Nelson.

Sus ojos, oscuros como la noche más cerrada, tenían un brillo extraño, una emoción contenida que Gisela no supo descifrar.

No conocía tanto a Nelson, pero sí lo había visto enojado antes. Como ahora: su cara parecía impasible, pero en su mirada se escondía una amenaza silenciosa. Era como un cazador paciente que, al ver a su presa, solo espera el momento perfecto para atacar.

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