Los dedos del joven presionaron justo sobre la herida de Gisela. Al sentir el dolor, ella no pudo evitar soltar un quejido:
—Ten más cuidado, ¿sí?
Las orejas del muchacho se pusieron aún más rojas. Retiró la mano con torpeza y, en su apuro, volvió a presionar otra de sus heridas.
Gisela aguantó el dolor, aspirando con fuerza para no gritar.
—Ya, ya, mejor lo hago yo sola.
Apenas ella intentó apartarlo, él volvió a tomarle el brazo con suavidad.
—No, no puedes hacerlo sola. No es correcto dejarte así.
Gisela no tuvo más remedio que dejar que él la ayudara.
Mientras ella desinfectaba las heridas superficiales, el joven la observaba con una mueca de dolor en el rostro, como si el daño fuera suyo.
—¿No quieres que vaya a comprar medicina?
—No hace falta, mañana yo puedo ir por mi cuenta.
Por suerte, todo se trataba de raspones y moretones. Aunque dolían, no había sangre, y después de un rato descansando, se sentía mucho mejor.
Cuando terminaron de atender las heridas, ya había pasado una hora.
Las orejas del muchacho estaban tan rojas que parecía que no podían ponerse más. Murmuró, incómodo:
—Entonces... me voy. Cuídate.
Gisela, recostada en la cabecera de la cama, asintió.
—¿Cómo te llamas? Mañana te transfiero el dinero del cuarto.
Con evidente vergüenza, el joven apartó la mirada y respondió:
—Ismael.
—Bueno, entonces me retiro. Hasta luego.
En cuanto Ismael salió, Gisela se dejó caer sobre la almohada, rendida. Justo antes de quedarse dormida, recordó que su llamada en el celular todavía seguía activa.
Aunque estaba casi segura de que Nelson ya habría colgado, por si acaso revisó el teléfono.
Para su sorpresa, la llamada seguía en curso.
Sin pensarlo más, cortó la comunicación y se sumió en un sueño profundo.
...
A la mañana siguiente, lo primero que vio Gisela al abrir los ojos fue a Nelson sentado junto a su cama.
En cuanto lo reconoció, sus ojos se abrieron de par en par y la sorpresa le crispó la voz:
—¿Tú qué haces aquí?
Nelson no respondió. Tenía la mirada fija en la pantalla de su celular, deslizándose con el dedo de arriba abajo.
—Mejor vete con la señorita Romina. No te sacrifiques quedándote aquí hablándome.
Nelson entrecerró los ojos, su mirada se volvió aún más dura.
—Gisela, no sé si recuerdas que apenas acabas de cumplir dieciocho.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
Nelson esquivó la almohada y, sin dejar de mirarla, empezó a aflojarse la corbata con una sonrisa amarga.
—Si tanta necesidad tienes de compañía, ¿por qué no viniste a buscarme? Ese compañero tuyo no parece gran cosa. ¿De verdad puede darte lo que buscas?
Gisela soltó el aire, incrédula.
—¿Qué rayos estás diciendo?
En un abrir y cerrar de ojos, Nelson se acercó de golpe, con movimientos bruscos, y le jaló la camisa con fuerza, sujetándole la quijada.
—Dime, ¿te dejó satisfecha ese compañero?
—¡Estás loco!
Gisela trató de empujarlo por los hombros, pero él no se apartó.
—Nelson, si sigues así, ¿no te preocupa que Romina ya no quiera volver contigo?

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