Nelson sujetó con fuerza ambas manos de Gisela, presionándolas sobre su cabeza, mientras su cuerpo la mantenía atrapada sin darle oportunidad de moverse. Cada respiro traía consigo el aroma intenso a madera de Nelson, envolviéndola y haciéndole imposible ignorar su presencia.
Nelson no prestó atención a sus palabras. Simplemente se inclinó hacia ella, y, como un perro callejero husmeando su territorio, acercó su nariz a su cuello, olfateando con descaro. De pronto, una de sus manos apartó la tela de su blusa y, con la palma áspera, acarició su cintura.
Gisela no dejaba de temblar, su voz apenas un susurro:
—Nelson, no me toques.
Se dice que para los hombres, el deseo y el amor pueden ir por caminos diferentes.
Durante mucho tiempo, Gisela se negó a creerlo.
En su vida pasada, cuando Nelson desahogaba sus deseos en ella sin medida, Gisela pensaba que eso era amor.
Pero con el tiempo, comprendió que el verdadero amor era el anillo que brillaba en el dedo de Romina, era la boda lujosa entre Romina y Nelson, era ese trato especial y las excepciones que Nelson solo tenía para Romina, a la vista de todos.
Nelson la ignoró por completo. Incluso, abrió la boca y mordió con fuerza su cuello.
Los ojos de Gisela se abrieron de golpe, su voz explotó cargada de furia y dolor:
—¡Lárgate! ¡Te dije que no me tocaras!
Nelson levantó la cabeza despacio. Su mirada oscura era profunda y distante, los labios apretados en una línea que no dejaba traslucir emoción. Una vez más, mostraba esa actitud impenetrable y cortante.
—¿Qué pasa? ¿Con tus compañeros sí puedes acostarte sin problema, pero conmigo no?
Gisela inspiró hondo y lo miró desafiante:
—¿Y si sí? Tú y Romina están por volver, ¿para qué me buscas?
—¿No te lo he dejado claro? Entre tú y yo no hay nada desde hace tiempo—
De repente, Nelson se incorporó y la miró desde arriba con superioridad. Sin previo aviso, sujetó sus mejillas con una sola mano, deteniendo cualquier palabra que Gisela intentara decir.
La piel de Gisela era tan delicada que el apretón de Nelson dejó marcas rojas en sus mejillas. Sus ojos, grandes y brillantes, se llenaron de lágrimas, y sus labios, rojos y carnosos, temblaban, haciéndola ver frágil y rota.
Su blusa había caído sobre sus hombros, dejando expuestos sus hombros delgados y pálidos. Las marcas de moretones resaltaban en su piel, sugiriendo historias prohibidas y dolorosas.
Los ojos de Nelson se posaron sobre esos moretones, pero su voz salió neutral, casi indolente:
—No aprendes la lección.
Gisela apartó su mano de un manotazo, lista para responderle, pero justo en ese momento, el celular de Nelson empezó a sonar.
Nelson solo le lanzó una mirada de lado:
—Como quieras.
Sin más, salió de la habitación a pasos largos, como si temiera que Romina se desesperara esperándolo.
...
Gisela sabía bien que la familia Tovar tenía poder absoluto en la ciudad, pero aun así, no pensaba quedarse de brazos cruzados. Quería justicia para sí misma.
Ese día, Gisela no fue a clases. Aprovechó para ir directo a la estación de policía y poner la denuncia.
Sin embargo, Eliana había sido astuta. Había elegido un callejón sin cámaras de seguridad, así que no había pruebas de que las heridas en el cuerpo de Gisela fueran provocadas por Eliana y esos hombres.
Un oficial le ofreció una taza de agua caliente y le habló con voz amable:
—¿Puedes recordar algún otro detalle? ¿Hay algo más que pueda servirnos de evidencia?
Gisela bebió un sorbo, sintiendo el calor recorrerle la garganta. De pronto, levantó la mirada con determinación:
—Sí, hay otra persona.

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