Las palabras de ese hombre se volvían cada vez más agresivas, cada vez más exaltadas. Incluso Gisela, parada afuera, podía notar que su voz retumbaba por toda la planta, como si hasta las paredes vibraran con sus gritos.
Dentro de la oficina, no se escuchaba nada más que ese rugido. El ambiente estaba tan tenso que hasta el aire parecía haberse congelado.
La sala, hecha de vidrio semitransparente, dejaba ver la silueta de la multitud apretujada adentro. Pero, a pesar de la cantidad de gente, nadie se atrevía a abrir la boca.
De pronto, estalló un grito:
—¡Digan algo! ¿Se quedaron mudos o qué? ¿Ni una palabra pueden decir? ¡Soluciones, quiero ver soluciones! ¡Para eso les dimos tiempo de sobra, tanto yo como los de arriba! ¿Cuántos días han pasado ya? ¡Son un montón y ninguno es capaz de pensar en una manera de resolver esto! ¿Así es como trabajan? ¿Así cuidan su empleo?
Nadie respondió. El silencio solo se volvió más incómodo, hasta que...
—¡Pum!—. Un golpe seco, brutal, sacudió todo. Gisela, aún tras la pared, pegó un brinco del susto. Dentro, seguramente todos se estremecieron.
—¡Les estoy hablando! ¿Se quedaron sin voz, o qué? ¡Hablen! ¡Y si no, mejor lárguense de una vez!
Por fin, entre murmullos, una voz se atrevió a salir:
—Esto ni siquiera es culpa nuestra. Todo lo provocaron otros. ¿Por qué tenemos que cargar nosotros con las consecuencias?


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