La señora guardó silencio por un momento, esperando la respuesta del otro lado.
Poco a poco, al no escuchar la voz de Nelson, la inquietud le creció en el pecho y comenzó a dudar si debía haber dicho todo aquello.
Apretó los labios, pero al final decidió hablar:
—La señorita Gisela parece no confiar mucho en usted, así que por más que le insisto, no quiere contactarlo… Yo pienso que entre usted y la señorita Gisela quizá haya algún malentendido, tal vez deberían aclararlo. Después de todo, usted no viene a verla ni le llama, y ella no sabe que usted se preocupa por ella, así que es normal que esté enojada con usted.
Soltó todo de un tirón y en cuanto terminó, cerró la boca, esperando con nerviosismo la respuesta de Nelson.
Del otro lado, Nelson también se quedó en silencio. El corazón de la señora latía cada vez más rápido.
No tenía idea si Nelson se molestaría por lo que acababa de escuchar.
La palma de su mano estaba cubierta de sudor cuando por fin llegó la respuesta de Nelson.
—Ya entendí.
La señora sintió como si le quitaran un gran peso de encima y respondió de inmediato:
—Bueno, señor Nelson, eso era todo de mi parte.
Nelson colgó enseguida.
La señora se quedó un momento con el celular en la mano y soltó un largo suspiro.
Frente a Nelson, hasta ella se sorprendía del aura tan fuerte y de la seguridad con la que se desenvolvía aquel hombre que no llegaba ni a los treinta años. Aunque ella le llevaba tres décadas de vida, no podía evitar sentirse intimidada frente a él, incapaz de mirarlo directo a los ojos.

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