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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 353

Sus dedos, entumecidos, se movían por la pantalla del celular bloqueando uno a uno los números que seguían acosándola. Colgó otra llamada insistente y, respirando hondo, marcó el número de la maestra Arce.

Gisela sabía que a esa hora ya todos habrían terminado la siesta.

Normalmente, cada vez que llamaba a la maestra Arce, la respuesta era rápida, como si la maestra siempre estuviera esperando su llamada. Pero esa vez, Gisela esperó hasta que la llamada casi se cortó antes de oír la voz familiar al otro lado.

La voz de la maestra Arce seguía siendo igual de cálida y serena de siempre.

—Gisela, ¿pasa algo?

—Maestra, estoy en la entrada de la escuela, pero la puerta está cerrada y no puedo entrar.

La escuela tenía dormitorios para los maestros, y la maestra Arce solía descansar ahí al mediodía, regresando a casa por las noches.

Minutos después, la maestra Arce apareció, despertó al guardia y le pidió que abriera la puerta.

Mientras entraban, la maestra Arce frunció el ceño, su mirada se puso seria y, con delicadeza, tomó a Gisela del brazo guiándola hasta un rincón del pasillo. Habló en voz baja, cuidando que nadie más escuchara.

—¿Cómo que andas con el pie enyesado? ¿Te lastimaste y aun así te apareces por aquí? ¿No deberías estar en casa recuperándote? ¿No te das cuenta que últimamente mucha gente anda buscándote? Los directivos están muy molestos contigo, ¿y todavía tienes el valor de venir? ¿De verdad te expulsaron?

Gisela apenas abrió la boca, pero la maestra no le dejó decir nada.

—Hazme caso, vete de aquí ya. Espera a que pase este escándalo y regresa después. Más ahora que te lastimaste, tienes toda la razón del mundo para quedarte en casa. Tú eres una buena estudiante, estudia por tu cuenta mientras tanto, pero no vengas a la escuela, ¿me escuchaste?

Gisela apretó los labios y miró a la maestra con seriedad.

—Maestra Arce, sé que solo quiere ayudarme, pero si todo esto empezó por mí, entonces debo asumir las consecuencias. No puedo dejar que otros maestros o compañeros sufran por algo que hice yo.

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