La actitud, las palabras y hasta los gestos de una persona pueden fingirse, pero hay algo que no se puede ocultar: la mirada.
Los ojos de Gisela eran los más puros que había visto en su vida.
Negros y brillantes, llenos de una determinación inquebrantable.
Una mirada así la conquistó desde el primer instante. No tenía pruebas, ni conocía a fondo a esa alumna, pero dentro de sí nunca dudó: todo lo malo que decían de Gisela eran mentiras, simples calumnias para ensuciar su nombre.
Y fueron precisamente esos rumores los que despertaron aún más el instinto de protección de la maestra. No podía permitir que una estudiante tan prometedora se viera arrastrada por chismes y terminara desperdiciando su futuro.
Hoy, tenía de nuevo a Gisela frente a ella. Al mirarla a los ojos, reconoció la misma pureza y firmeza de aquel primer encuentro.
Una mirada así, tan limpia y decidida, le hacía imposible negarse a cualquier petición de la muchacha.
—Te acompaño —dijo finalmente—. Si algo se sale de control, también puedo hablar por ti.
Gisela dudó.
No necesitaba palabras para notar que la joven no quería involucrarla. Así que se apresuró a añadir:
—Aunque no me lo permitas, igual iré. Esto es la escuela, soy tu maestra y puedo entrar donde quiera.
Gisela abrió los ojos sorprendida.
A la maestra le causó gracia. Cuando Gisela estaba tranquila, su inteligencia y temple eran evidentes; pero en momentos así, sorprendida, se veía hasta tierna, casi inocente.
Y precisamente por eso, no podía dejarla sola.
—Ya está dicho, no me vas a rechazar.
Gisela apretó los labios y asintió, lenta pero segura.
La maestra Arce sonrió, ligera.
—¿Buenas tardes para qué? —soltó el director, de muy mal genio. Pegó un manotazo en el escritorio, haciendo temblar el vaso de agua—. Nosotros llegamos hace rato, ¿y tú, una simple estudiante, tienes la cara para hacernos esperar?
Gisela lo miró de frente, sin perder la calma.
—La cita era a las tres. Aún faltan diez minutos. No estoy llegando tarde.
El director se quedó sin palabras. Miró de reojo el reloj de pared y, al ver que faltaban unos minutos para la hora, su expresión se tensó.
Pero en un abrir y cerrar de ojos, volvió a endurecer el rostro y la señaló con dureza:
—¿Así nos contestas? ¡Por cada palabra que te decimos, tú nos sales con diez! ¿Acaso nos ves como si no fuéramos tus maestros? ¿Qué pasa, te llamamos y te molesta?
La maestra Arce fue arrugando la frente poco a poco.
Ese tipo de preguntas y acusaciones solo demostraban que estaban buscando pleito, sin razón alguna.

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