Ella había pensado en pedirle a Gisela que, por el bien de sus estudios y su permanencia en la escuela, cediera un poco y se disculpara con Romina, tal como lo solicitaba la institución.
Pero ahora, viendo la actitud de la escuela, entendió que no tenía sentido. Desde el principio, ni siquiera consideraban a Gisela como una persona.
—Ustedes...
Apenas había abierto la boca, cuando alguien la interrumpió.
—Maestra Arce.
Era la voz serena y tranquila de Gisela, tan suave y nítida como el agua fresca de un lago que calmaba sus nervios y apaciguaba la rabia que le quemaba el pecho. Poco a poco, esa furia fue cediendo al escuchar a Gisela.
La maestra Arce respiró hondo, intentando recomponerse.
—Gisela, vámonos ya —dijo, aún esforzándose por recobrar la calma.
En cuanto dio un paso para salir, la directora del área académica se cruzó en su camino, mirándolas con una actitud desafiante.
—¿Quién les dijo que podían irse?
La maestra Arce estaba a punto de explotar de nuevo, pero Gisela se adelantó, le tomó la muñeca y la puso detrás de ella; después, sin titubear, le quitó el documento de las manos.
Gisela se inclinó levemente hacia ella y le susurró:
—Maestra Arce, déjeme encargarme de esto. Puede confiar en mí.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza