Nelson bajó la mirada, observando sus manos entrelazadas con las de Romina. Con voz suave, la llamó:
—Romina…
Romina apenas emitió un suspiro, sin abrir los ojos.
Nelson intentó retirar su mano, pero Romina despertó de inmediato. Con esa mirada borrosa y vulnerable, lo miró con una tristeza que partía el alma.
—Nelson, ¿te vas a ir?
Nelson aflojó la mano enseguida y respondió en voz baja:
—No, aquí me quedo. Sigue durmiendo.
Romina cerró los ojos, tranquila por un momento, pero luego preguntó en voz baja:
—Hace rato vi algo… ¿Alguien te está buscando? ¿Es algo urgente?
La tenue luz del cuarto apenas alcanzaba para iluminar el brillo suave en los ojos oscuros de Nelson.
—No, no es nada urgente, descansa primero.
—¿De verdad? Entonces no te vayas. Si tienes que irte, espera a que me quede dormida, ¿sí?
Romina parpadeó, apoyando la cabeza en la almohada, como si no quisiera soltarlo.
La miraba con tanta esperanza que a Nelson le costaba aún más irse, pero el celular en su bolsillo vibró otra vez, recordándole que había asuntos pendientes, que la situación de Gisela seguía sin resolverse.
En ese instante, mientras la preocupación se colaba apenas perceptible en sus ojos, Nelson se sintió atrapado entre dos caminos.
Romina, con lágrimas aún frescas en las comisuras de los ojos y la nariz enrojecida, parecía tan frágil que bastaba una palabra de rechazo para romperle el corazón.
Nelson bajó la cabeza y murmuró:
—Está bien, duerme. Me quedo contigo.
Romina esbozó una sonrisa suave y apretó su mano con fuerza, acercándolo más a ella.


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