La mirada de Romina se mantenía fija en Nelson, con una mezcla de nerviosismo y timidez. Sentía su palma sudorosa, el corazón brincando fuera de control y la respiración entrecortada. Casi no se atrevía a inhalar, temerosa de espantar a Nelson si hacía el menor ruido.
Nelson abrió la boca para decir algo, pero justo en ese instante, su celular vibró en el bolsillo de la chaqueta.
A esas horas, seguramente era un mensaje de quienes había mandado a buscar a Gisela.
—Nelson…
Como él no respondía, Romina volvió a llamarlo con cautela.
Nelson sacudió la cabeza, recogió sus pensamientos y se inclinó para acomodarle la cobija a Romina, ajustándola con cuidado sobre sus hombros.
—No, mejor no. Te veo dormida y prefiero esperar a que descanses antes de irme.
Romina no pudo ocultar la decepción; su corazón, que antes latía con fuerza, comenzó a tranquilizarse.
—Entiendo... Está bien, entonces trataré de dormir pronto.
Nelson asintió en silencio.
Desde su lecho cálido y mullido, Romina contempló a Nelson con ternura por un largo rato antes de cerrar los ojos, resignada. Se repetía que no importaba, que todo iba a su tiempo. Estaba convencida de que Nelson terminaría por ver sus virtudes y que aún tenían mucho por vivir juntos.
La amistad que los unía desde la preparatoria era un lazo fuerte, y Romina creía que, tarde o temprano, Nelson querría estar a su lado de verdad.
La noche avanzó, y el cuerpo de Romina, obedeciendo a su reloj interno, la fue arrullando hacia el sueño.
En medio de la somnolencia, sintió cómo la mano cálida y ancha de Nelson se deslizaba, despacio y con sumo cuidado, fuera de la suya. Aunque aquel gesto anunciaba su partida, Romina percibió la delicadeza de Nelson, su deseo de no perturbarla y de que siguiera descansando.
Con la mirada nublada, Romina observó la silueta de Nelson alejándose, y una calidez suave le cubrió el pecho mientras se hundía en el sueño.
…
Apenas salió de la habitación, Nelson sacó el celular y leyó velozmente los mensajes que le habían enviado sus colaboradores.
[Señor Nelson, no pudimos encontrar ningún registro de viaje ni vuelo de la señorita Gisela.]
[Señor Nelson, parece que alguien está bloqueando nuestras búsquedas.]
[Señor Nelson, descubrimos que quien nos impide investigar es Arturo. Arturo no intentó ocultarlo, así que suponemos que no quiere esconderle nada a usted. ¿Qué hacemos ahora?]
[Señor Nelson, si quiere saber el paradero de la señorita Gisela cuanto antes, lo mejor sería hablar directamente con Arturo.]
Nelson tomó las llaves de la mesa junto a la puerta, se echó la chaqueta al brazo y salió de la casa.
Subió al carro y pisó el acelerador a fondo. El vehículo se deslizó ágilmente por la avenida, rebasando los límites de velocidad en dirección a la mansión Tovar.
Por alguna razón, en todo el trayecto solo le tocaron semáforos en rojo, todos recién encendidos, y en cada uno tuvo que esperar uno o dos minutos.
Durante esas pausas, Nelson recostaba la cabeza en el asiento y, con impaciencia, aflojaba la corbata y desabotonaba el cuello de la camisa.
Cerró los ojos y soltó un largo suspiro.


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