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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 391

La voz de Nelson cayó sobre su cabeza, tan cerca que el aliento le rozaba la piel. El aire a su alrededor estaba saturado de la presencia dominante de Nelson. Gisela aspiró ese aroma que le resultaba tan familiar y, sin embargo, ahora no podía soportarlo; todo su cuerpo reaccionaba con rechazo, como si su instinto supiera que debía alejarse cuanto antes de ese abrazo que antes anhelaba y que ahora le resultaba tan ajeno.

Con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, sentía que cada célula de su cuerpo le gritaba que huyera, que se alejara de ese hombre a quien alguna vez deseó y que ahora solo quería olvidar, ni siquiera mirarlo.

Bastaron unos segundos para que Gisela levantara las manos y empezara a forcejear, empujando y golpeando a Nelson con desesperación. Casi gruñía de rabia:

—¡Nelson, suéltame de una vez!

Nelson no dijo ni una palabra. Al contrario, la apretó más fuerte, como si eso fuera la única respuesta que necesitaba darle.

Los golpes de Gisela contra el pecho de Nelson resonaban con fuerza, pero él se mantenía en silencio, impasible, como si fuera de piedra.

A duras penas, Gisela alzó el rostro y solo alcanzó a ver la línea firme de la quijada de Nelson y su nariz recta. Él ni siquiera la miraba; le dejaba claro con sus acciones que ella no podría irse, por mucho que lo intentara, a menos que él lo permitiera.

No importaba cuánto se esforzara Gisela, no lograba zafarse del abrazo de Nelson. Por más que golpeara con todas sus fuerzas, él seguía como si nada, imperturbable.

—¡Nelson, estás loco!

—¡Déjame en paz!

Su voz retumbó en el enorme y silencioso aeropuerto, rebotando en las paredes, hasta parecer un eco interminable.

No necesitaba mirar para saber que las pocas personas presentes la observaban, pendientes de su escándalo.

Aitana y Delia corrieron a su lado, gritando insultos a Nelson. Sus voces subieron aún más el tono, llenas de enojo y sin ningún tipo de piedad.

Incluso la abuelita de Delia, quien siempre era amable y paciente, intervino con voz firme:

—Joven, suéltala ya, no hagas estas cosas.

Pero Nelson, sin ningún pudor, siguió sujetándola, ignorando las palabras de todos.

Los ojos de Gisela se llenaron de lágrimas de furia. No entendía, de verdad no entendía por qué Nelson no la dejaba ir. ¿Por qué no quería soltarla?

Apretó los dientes y repitió, casi suplicando:

Capítulo 391 1

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