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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 390

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca, aunque aún había cierta distancia entre ellos.

Gisela cerró los ojos unos segundos y, al abrirlos de nuevo, en su mirada se notaba una terquedad y decisión inquebrantables.

Levantó el pie, y murmuró apenas para que las otras la oyeran:

—¡Apúrense, vámonos!

Sin mirar atrás, aceleró el paso y se dirigió hacia la recepción.

Cuando una corazonada era tan intensa, ya no era solo intuición: era un hecho consumado.

Con el semblante sombrío, jaló el bolso de viaje, caminando con dificultad, pero decidida hacia el mostrador.

Delia y las demás no entendían qué pasaba. Aitana, siguiendo de cerca, le preguntó en voz baja:

—Gisela, ¿qué está pasando?

Gisela soltó un suspiro entrecortado:

—¡Rápido, vámonos! Si no, ya no llegamos.

—¡Gisela!

El ruido de los pasos se volvió ensordecedor; una voz furiosa retumbó detrás de ellas, como un trueno a punto de estallar.

En ese instante, los ojos de Gisela se abrieron al máximo y el corazón le latió con fuerza.

Delia no podía creerlo:

—¡Es Nelson!

Gisela apretó los dientes y murmuró:

—No le hagan caso, sigamos.

Aitana frunció el ceño:

—¿Pero cómo? ¿No que Arturo ya nos había cubierto? ¿En serio no pudo engañarlo?

Delia, preocupada, miró la espalda de Gisela y dijo:

—Y además, Nelson llegó demasiado rápido.

Gisela sentía rabia. ¿Por qué Nelson sabía que estaba aquí? ¿Cómo pudo llegar tan rápido?

Arturo le había prometido que la ayudaría a llegar segura a Ciudad de los Vientos, que Nelson jamás sabría ni el destino ni el trayecto.

Pero apenas habían pasado unas horas, y Nelson ya la había alcanzado.

Conociendo los contactos y recursos de Arturo, no era posible que no pudiera ocultar su información y su ruta.

Aunque sabía que Arturo no podía cubrirla por mucho tiempo, con su ayuda Nelson no debió encontrarla tan pronto.

Solo había una explicación: Arturo le había contado todo a Nelson, por eso él había llegado tan rápido.

El pecho de Gisela subía y bajaba de la rabia.

Definitivamente, en la familia Tovar no había nadie en quien confiar.

Delia y Aitana, aunque sorprendidas por la llegada de Nelson, entendieron la gravedad de la situación y se apresuraron en silencio.

—Gisela.

Esta vez, la voz de Nelson ya no sonaba tan alterada, sino cortante, afilada, como una última advertencia antes de perder la paciencia.

Gisela fingió no escuchar y aceleró aún más, colocando los boletos sobre el mostrador.

Capítulo 390 1

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