Al sonar la campana del receso, Gisela apenas había salido del baño cuando de pronto, una cubetada de agua cayó frente a ella.
—¡Maldita roba-novios, ojalá te mueras!
Gisela ya lo veía venir. Con toda calma, se detuvo justo fuera del alcance del agua, mirando con desdén cómo la cubeta se vaciaba en el suelo frente a ella, salpicando por todos lados.
No era la primera vez que le hacían algo así. En su vida pasada, ese tipo de emboscadas en los baños se habían vuelto una rutina.
Pero en esta nueva oportunidad, con todos sus recuerdos intactos, no pensaba dejarse sorprender de nuevo.
Las carcajadas y gritos afuera del baño se apagaron de golpe.
Gisela bien sabía que Nelson y Romina habían sido estudiantes destacados de esa preparatoria. Su historia era bien conocida entre profesores y alumnos.
Nelson y Romina empezaron a salir cuando apenas eran unos adolescentes. Era esa etapa en la que el amor se siente limpio y sin dobleces, como si el mundo les perteneciera.
Nelson provenía de una familia acomodada y tenía un aire de orgullo y seguridad que no se molestaba en ocultar, ni siquiera en los pasillos de la escuela. Su relación era un secreto a voces. No pasó mucho para que los profesores se enteraran.
Hubo quienes temieron que su romance afectara el rendimiento de ambos y los llamaron a platicar. Pero los dos, sin el menor titubeo, reconocieron su relación.
Nelson, seguro, respondió:
—No va a afectar en nada, no tienen por qué preocuparse.
Y así fue. Por mucho que estuvieran juntos, sus calificaciones siempre se mantuvieron en la cima. Nelson casi siempre encabezaba la lista, salvo una vez que faltó unos días por enfermedad.
Al final, ninguno presentó el examen de ingreso universitario. Decidieron tomar otro rumbo y, gracias a competencias y olimpiadas, obtuvieron becas para estudiar en el extranjero. Al graduarse, su historia se convirtió en leyenda dentro de la escuela.
Gisela conocía su historia porque los profesores solían mencionarla una y otra vez, usándola como ejemplo en sus clases.
Años después de su graduación, tanto maestros como estudiantes seguían hablando de ellos, presumiendo sus logros y convirtiéndolos en emblemas de la escuela. Incluso, algunos alumnos se habían vuelto sus admiradores o armaban “parejas ideales” con ellos, como si fueran personajes de novela.
Muchos les decían “los protagonistas de la historia”: amigos de la infancia, pareja perfecta, destino escrito.
Por eso, sus fans no toleraban que nadie se interpusiera entre ellos.
—¡Rápido, que nos va a mojar!
Gisela cerró la llave, levantó el brazo y lanzó el agua hacia ellos. La mitad del grupo intentó escapar, pero los que estaban más cerca y se tardaron en reaccionar terminaron empapados de pies a cabeza.
Dejó la cubeta a un lado y los miró con la mirada firme y clara.
—La verdad, esto de mojar gente tiene su chiste. Gracias por la lección.
La chica que encabezaba el grupo quedó tan empapada que hasta el cabello se le pegó en mechones. Gritó enfurecida:
—¡Gisela!
Gisela se acercó, la rebasó de lado con una media sonrisa y, antes de irse, murmuró:
—Payasa.

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