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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 45

La chica, furiosa, apretó los dientes y soltó:

—¡Gisela, no voy a dejar que te salgas con la tuya!

Gisela cruzó entre la multitud, su voz tan tranquila que casi parecía que nada la tocaba:

—Está bien, aquí estaré esperando.

Faltaban solo unos días para la presentación de piano de Romina en el aniversario de la escuela. Al principio, el evento no llamaba mucho la atención, pero después de los comentarios que circularon en internet, la expectativa creció muchísimo.

Aunque la publicación original ya la habían borrado, eso no frenó el entusiasmo de los fans de Romina y de quienes la emparejaban con Nelson. Hasta ese momento, las redes sociales seguían llenas de debates sobre el asunto, mezclados con un montón de insultos y maldiciones hacia Romina.

En su vida pasada, Gisela había visto y sufrido este tipo de cosas demasiadas veces.

Ni de chiste iba a intimidarse ahora con este circo.

Lo curioso era que no resultaba nada difícil adivinar quién estaba moviendo los hilos detrás de esos comentarios.

Gisela tampoco se quedó de brazos cruzados y, sin pensarlo mucho, publicó algo en las redes.

[Les deseo que estén juntos por siempre (🌹)]

Además, acompañó el mensaje con una foto de fondo tomada del perfil de Romina, donde se veía a Romina y Nelson tomados de la mano, captados de espaldas.

En cuestión de minutos, su publicación acumuló varios likes. Gisela ni siquiera se detuvo a ver cuántos tenía; solo guardó sus cosas y salió de la escuela.

En cuanto puso un pie fuera, notó un Rolls Royce estacionado justo en la entrada. Era el carro de Nelson.

Un carro así, aparcado en medio de la multitud de la escuela, no podía pasar desapercibido. La gente murmuraba, preguntándose para quién vendría.

Gisela, sin mirar a los lados, optó por tomar otro camino para evitar el alboroto.

No había avanzado mucho cuando sintió que alguien la sujetó del brazo desde atrás.

—Señorita Gisela, el señor Nelson le pide que suba al carro.

Ella se zafó de un tirón, con un tono cortante:

—Dígale que desde que dejé la familia Tovar, ya no tiene derecho a meterse en mi vida.

—¿Que no tengo derecho?

La voz grave de Nelson retumbó a sus espaldas. Gisela, sin siquiera girarse, intentó alejarse.

Gisela quería decirle que eso no le importaba, pero conociendo lo terco y capaz que era Nelson, sabía que tarde o temprano igual se enteraría. Así que, en ese aspecto, no tenía sentido pelear.

Lo mejor era pensar que Nelson solo era el chofer que la iba a dejar en su casa.

Gisela giró la cabeza hacia la ventana, viendo el tráfico pasar, y dijo el nombre del viejo barrio donde ahora vivía, con una voz seca y distante.

Nelson se cruzó de piernas, relajado, mientras tamborileaba los dedos sobre la rodilla:

—Tanto esfuerzo para escapar, ¿y solo para acabar en un sitio como ese?

Ese comentario, tan insidioso y despectivo, le hizo hervir la sangre a Gisela.

Sin embargo, ella mantuvo el rostro impasible y le contestó sin levantar la voz:

—Por malo que sea, sigue siendo mejor que algunos lugares que aparentan ser perfectos pero en realidad te devoran por dentro.

Nelson soltó una carcajada baja, esa risa suya, profunda y con un deje magnético.

Gisela solo rodó los ojos, fastidiada.

En ese instante, justo cuando el carro arrancó, Nelson le tomó la mano con una rapidez imposible de anticipar.

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