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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 46

Su visión se tiñó de negro por un instante, y de pronto Nelson la sostuvo entre sus brazos.

—¡Pum!—

Un estruendo retumbó tan cerca de su oído que Gisela solo alcanzó a escuchar el zumbido persistente en su cabeza, como si el mundo entero hubiera explotado alrededor. Su cuerpo se volvió rígido, la mente incapaz de procesar lo que había pasado, ni siquiera podía respirar.

Un accidente, esto era un accidente.

Comenzó a temblar, los ojos muy abiertos, la boca entreabierta en un inútil intento de tomar aire. Se sentía tan rígida que parecía ser de piedra, presa de un terror que la paralizaba.

Fabi, su Fabi, había muerto en un accidente de carro.

Todavía podía escuchar los gritos desgarradores de Fabi retumbando en sus oídos, veía un velo rojo cubriéndolo todo, la sangre de Fabi manchando el asfalto, empapando el recuerdo.

Sus cuerdas vocales casi no respondían, la voz salía ronca y quebrada:

—Fabi... Mi Fabi...

En ese instante, el dolor la recorrió como una corriente eléctrica, sacudiendo su respiración. Era como si alguien la estuviera asfixiando, sin dejarla moverse.

Sin previo aviso, las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas.

—Gisela, Gisela.

Buscó con desesperación, mirando a todos lados.

¿Dónde estaba Fabi?

¿Dónde estaba?

—¡Gisela!

La voz de Nelson sonó cargada de angustia. Sus grandes manos apretaron con fuerza sus hombros y la obligaron a incorporarse, alejándola del asiento del carro donde se había encogido.

De pronto, Gisela se encontró con la mirada preocupada y la frente arrugada de Nelson, sus ojos perforando los suyos.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, incapaz de apartar la vista del rostro de Nelson.

Él bajó las manos desde sus hombros hasta sus brazos, sujetándola con firmeza, la voz grave:

—¿Te lastimaste en algún lado?

La mente de Gisela empezó a funcionar nuevamente, aunque despacio, como si despertara de una pesadilla.

No respondió de inmediato, solo giró la cabeza, todavía rígida.

Vio entonces a una mujer de mediana edad, montada en una motoneta, que había chocado contra la puerta de su lado del carro.

En el asiento trasero de la motoneta iba una chica, probablemente su hija adolescente, seguramente la venía a recoger después de clases.

Una oleada de odio se asomó en sus ojos, tan intensa que casi no pudo contenerla.

Pero no era el momento.

Todavía no tenía cómo enfrentarse a Nelson.

Antes de que él notara algo, cerró los ojos y retiró el brazo de su agarre, dándole la espalda.

Nelson se quedó mirando su figura, las arrugas en su frente no desaparecieron; seguía analizando a Gisela, preocupado.

...

—Señor Nelson, ¿cómo quiere que procedamos con esto?

La voz del asistente de Nelson llegó desde fuera del carro. Nelson, sin apartar la mirada de Gisela, abotonó su saco y bajó del vehículo.

El golpe de la motoneta no había sido tan fuerte; la puerta del lujoso carro solo tenía una abolladura.

Pero no era cualquier carro: era un modelo de lujo, el más caro de todos. Solo esa abolladura costaría más de lo que un trabajador común podría ganar en años.

La mujer de la motoneta sudaba a mares, pálida, repitiendo disculpas una y otra vez mientras se dirigía a Nelson.

Un accidente así nunca pasa desapercibido. A los pocos minutos, se había reunido una multitud de curiosos, algunos lanzando miradas de compasión a la mujer de mediana edad y a su hija.

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